Diario Vasco
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Mi año viajero: India.
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Cecilia Casado | 19-02-2018 | 08:12| 12
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Han pasado unos cuantos lustros desde la primera vez que visité India (o la India). País contradictorio por sus inmensas luces y sus terribles sombras, situado en el puesto 7 entre los países con mayor PIB del mundo (España en el puesto 14), un país pobre para la mayoría de sus más de 1.300 millones de habitantes. De aquella primera visita quedó fijada en mi memoria la terrible impresión del patente desequilibrio visto y sentido en las calles de su capital, Nueva Delhi.

Como consecuencia del impacto emocional y de las terribles patentes desigualdades, traje la decisión de no volver a India por no querer presenciar de nuevo la injusticia que abate a millones de personas, entre ellas las más débiles y víctimas inocentes, las niñas y mujeres, por no tener que desviar la vista ante ciertas tiranías contempladas desde la comodidad del patio de butacas en un escenario al que si se le retira el pintoresco decorado de rituales, costumbres y folclore, se convierte en una especie de pandemonium del que difícilmente un turista/viajero europeo puede salir indemne sin confesar que le ha afectado en lo profundo.

Sin embargo, allá voy de nuevo, a sabiendas de que las fotos para el álbum ya las tengo y de que los saris de seda ya no me interesan en absoluto.

Este viaje se me plantea desde una perspectiva completamente diferente; en primer lugar porque viajo “sola”, correspondiendo el entrecomillado a la prometedora opción de quien ofrece “viajes en femenino para mujeres que viajan solas” y que se juntan en destino para compartir camino y aventuras-, sacudiéndome de una vez por todas la rémora que llegó en algún momento a frenar mi espíritu viajero por creer que no contaba con la compañía adecuada, ya que una puede tener familia, amigos y colegas pero que viajan en otras fechas, a otros destinos y con diferentes conceptos del viaje… y acabar quedándose “sola” por no coincidir eventuales intereses.

Estoy convencida –porque no es la primera vez que lo pongo en práctica- de que puede ser más cómodo un viaje con personas desconocidas que con personas del entorno cercano, ya que en el primero de los casos nos esforzaremos al máximo para obtener un  consenso, preservar el respeto y el bien común, mientras que cuando hay demasiada confianza…ya se sabe lo que pasa, que cada uno tira para lo suyo y puede acabar convirtiéndose el tiempo vacacional en una lucha de poder que anule el placer del viaje en sí.

Estas dos semanas previstas para recorrer Rajastán han llamado a mi puerta inopinadamente: yo quería viajar a Vietnam y Camboya, pero no salió el viaje en estas fechas y la alternativa, India, me ilusionó tanto o más que lo previsto o deseado, un cambio de destino aceptado sin reflexión, porque siempre pienso que las cosas buenas que llaman a la puerta cuando menos se las espera hay que recibirlas con alegría y buena disposición.

Y porque es el viaje en sí, no el destino ni las fotos lo que me mueve a hacer la maleta –bastante liviana esta vez- y a partir rumbo a Nueva Delhi para juntarme allí con otras tres mujeres viajeras –de Málaga, Zaragoza y Barcelona- que llevan en su equipaje la ilusión, la fuerza y la buena disposición para compartir juntas un pequeño periplo que será positivo e inolvidable, lo intuyo.

Va a ser un viaje alternativo y responsable –aunque habrá espacio para un poco del típico turismo de postal-, en tren nocturno y furgoneta, con estancia en una fundación que no figura en los catálogos de viajes lujosos; nos refugiaremos en un refugio para elefantes y hablaremos con la gente, con muchas personas, sobre todo mujeres, porque no hay mejor fin del viaje que plantar la semilla de la amistad allá donde se vaya.

En mi primer viaje a India, no conocí a ningún hindú, incluso el guía era de origen español, siendo como era un viaje organizado cuyo mayor reclamo consistía en alojarse en antiguos palacios de maharajás. Ahora que tengo la oportunidad de adentrarme en el país como viajera y no como turista, espero aprovecharla con toda mi energía e ilusión y enseñar a mi gente las fotos tomadas con nuevas amigas y amigos…con el Taj Mahal de fondo, o no.

Así que voy a desconectarme del ordenador y del blog durante las dos semanas largas del viaje, aunque a mi vuelta espero estar llena de vivencias y de deseo por compartirlas. Viene conmigo “conejito viajero” (como siempre) y me llevo un cuaderno y un bolígrafo, (como en los viejos tiempos…)

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Esta vez también…felices los felices.

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Madres que no quieren a sus hijos
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Cecilia Casado | 16-02-2018 | 07:16| 18

 

“Las consecuencias devastadoras de tener una madre que no te quiere”. Artículo de Esther Gutiérrez Marín.

https://www.larazon.es/familia/las-consecuencias-devastadoras-de-tener-una-madre-que-no-te-quiere-GK17599438

La lectura del artículo de referencia me ha resultado clarificadora en grado sumo, por lo que ruego sea leído antes de continuar con la lectura de este post. El artículo no me revela una realidad que me resulte ajena y desconocida sino porque ratifica “una vez más” la idea arraigada que siempre he tenido de que el instinto maternal es un concepto aleatorio e incluso volátil. Vamos, con no más fundamento del que una le quiera otorgar.

Siempre he mantenido que mi madre no me quiso lo que me merecía como ser humano traído al mundo sin pedirle opinión, aseveración esta que me ha acarreado no pocos desencuentros con la propia familia. En realidad, tanto daba lo que ella pudiera aducir en este asunto porque lo verdaderamente importante –y vital- para mí, era cómo yo percibía ese desamor o desapego materno.

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Explicaciones, muchas; justificaciones, ninguna. Así de rotunda llegué a ser después de rebuscar en los recovecos de mi mente y de mi alma los motivos por los que padecí durante muchos lustros un fuerte dolor por no sentirme querida por mi madre. Que ya digo que da igual que ella “me quisiera a su manera, que eso no me salvó del desgaste emocional ni de docenas de sesiones de terapia; que no se trata únicamente de cómo viviera ella la maternidad –con sus dudas, problemas, desajustes o traumas-, porque lo que importa de verdad –porque es lo único que me tiene que importar- es cómo lo he vivenciado yo, en primera persona, en mis carnes y en lo más íntimo de mi ser. Puedo escudriñar mis sentimientos, no los ajenos.

Los hijos a quienes se nos ha manifestado claramente que “no somos merecedores del amor de nuestras madres, nos han clavado un puñal con la punta curva y envenenada porque nos han hecho creer que era por nuestra culpa”; es decir: algo haces mal y yo no te voy a querer por eso”. 

Hace falta mucha valentía, fuerza y trabajo interior –y ayuda exterior- para darle la vuelta a esa sentencia y buscar las verdaderas razones por las que una madre no quiere a un hijo. Descubrir que esas razones son patrimonio exclusivo de la madre y no del hijo, puede llevar mucho tiempo, incluso la vida entera en el peor de los casos.

Es obvio que en este post ni voy a exponer ni voy a analizar los motivos por los que estoy convencida de que mi madre nunca me ha amado como yo necesitaba que me amara. Eso le pertenece a ella, es su problema o su condena, a fin de cuentas, su vida, no la mía. Pero lo que sí voy a hacer es lanzar una llamada de atención o un grito de alarma hacia las mujeres que en estos momentos no sienten por sus propios hijos ese “amor incondicional” que se supone que deberían sentir. Cada una de esas mujeres, en el lugar más recóndito de su ser, sabrá de los porqués que les aleja de sentir amor por sus propios hijos, no se trata aquí de investigar para juzgar y condenar sino de reflexionar para mejorar.

Cada una de esas mujeres, sobre todo para las que se den por aludidas, deberá ser muy CONSCIENTE del daño irreparable que se le puede infligir a un hijo negándole el amor que necesita. Cada una de esas mujeres, probablemente, haya sufrido también en sus carnes la ausencia de amor de su propia madre  (o un amor conflictivo) y no conoce otra cosa, otro camino, y reproduce el esquema, sigue con la lección (mal)aprendida y la perpetúa en sus propios hijos, un abandono afectivo y emocional troncal, desde la bisabuela a la abuela, aterrizando en la madre y deteniéndose en las hijas.

Sí, las hijas, las que podemos ROMPER definitivamente esa cadena mohosa de falta de amor por incapacidades diversas y crear un nuevo pequeño mundo amoroso con nuestros propios hijos sin cargar sobre sus espaldas ese maldito “pecado original” que tantas mujeres han arrastrado y expandido de manera cruel y muchas veces inconsciente sobre sus propios hijos.

El artículo al que hago referencia es una verdad como un templo. Invito a reflexionar y rebuscar en el fondo de nuestro corazón. Porque todos conocemos a alguna mujer que no ha sabido amar a sus hijos y les ha destrozado de alguna manera la vida.

Esta injusticia también debería terminar.

Felices los felices.

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Todos queremos tener razón
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Cecilia Casado | 14-02-2018 | 07:12| 12

Todos sabemos de personas que no soportan no tener razón en lo que piensan, dicen o hacen y se enfadan si alguien se atreve a llevarles la contraria; tienen preparado el comodín del “respeto” para intentar frenar una opinión divergente. Sí, esas personas que si, un suponer, les comentas –por la confianza relacional habitual- “oye, ¿no te parece que estás siendo muy duro con tu manera de actuar? o ¿ya has reflexionado sobre las consecuencias de la decisión que vas a tomar”? se ponen furiosas como un basilisco y cierran las puertas al diálogo con un lapidario: “no me faltes al respeto”.

¿Es faltar al respeto intentar ayudar a un amigo, a un hermano, a tu pareja incluso cuando es manifiesto que está perdiendo los papeles y tomando decisiones cuyas consecuencias pueden ser gravísimas? ¿Es faltar al respeto opinar desde el corazón porque ves “desde fuera” el posible error y los daños colaterales? Dejando bien claro que cada uno es dueño absoluto de sus actos, pero ¿acaso la cercanía y el cariño no se alimenta también de esas ayudas bienintencionadas?

Ya he conocido a unas cuantas personas inflexibles, que no atienden a más razones que las suyas propias, y, cuando me he topado con ellas, perdida la batalla de antemano, he procurado apartarme de su camino, no por entender que la verdad esté de mi lado y me ampare y proteja sino porque no me resulta beneficioso situarme en el radio de acción de quien valora mi amistad o mi compañía en función de la aquiescencia que yo dé a sus ideas o acciones. Es decir: el tristemente famoso “o estás conmigo o contra mí”.

Así pues valoro la relación que acepta la diferencia, me descubro ante quien tiene paciencia con mis errores y no los utiliza como armas arrojadizas para apuntarse un tanto de ventaja y sobre todo amo a las personas que son capaces de reconocer sus faltas como yo he aprendido –mal que bien- a confesar las mías.

Cuando creemos tener razón no sirve de nada intentar imponer el criterio personal al otro, ni convencerle con argumentos racionales o de claridad meridiana puesto que esa misma lucidez que alumbra nuestro pensamiento se extiende al suyo para darle también su parte de razón y valor de ser. Como si de un juego de ping-pong dialéctico se tratara, la pelota va a ir veloz de un argumento al otro fatigando a los jugadores y haciendo que se desperdicie la energía vital en ganar una  pequeña partida que se premia con la humillación ajena y el ensalzamiento propio.

No vale la pena, nunca ha valido la pena y lo sabemos, pero el orgullo gana demasiadas veces ese pulso estúpido que mantenemos con nosotros mismos, nuestro amor propio contra nuestra dignidad y al final confundimos el uno con la otra. Son victorias pírricas.

Mejor dejar a los demás que sigan con sus razones aunque no quieran atender a razones. Somos todos muy dueños. Pero luego no podemos ir llorando si las cosas salen mal.

Felices los felices.

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*** “Los amantes” René Magritte.

 

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Reflexión del lunes. Excesos gastronómicos.
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Cecilia Casado | 12-02-2018 | 07:54| 13

Empecé a manejar algo de dinero cuando me puse a trabajar en los veranos de mi época universitaria. Era poco lo ganado, pero me hacía sentir bien conmigo misma y me proporcionaba el placer de  permitirme algún pequeño viaje, unos libros o una minifalda extra ya que en mi casa no conjugaban bien el verbo “caprichear”. También salía de marcha a discotecas, cuando todavía no existían las licencias nocturnas para bares y pubs, nos tomábamos un par de copas como mucho con la peregrina convicción de que sin alcohol no había diversión, y pegando brincos, ya pasábamos tan felices las horas nocturnas del fin de semana.

Gastábamos todo el dinero que podíamos –que no era demasiado-, pero desde luego lo que no se nos ocurría a los jóvenes de entonces era gastar el dinero en comida. Se salía de casa con la tripa bien llena después de cenar y a comerse la noche.

Si tenías un novio o algo parecido igual te invitaba un día a un bocata pero poco más. Además nuestras madres nos enseñaron a no dejarnos agasajar demasiado no fuera a ser que luego quisieran “cobrárselo en especies”. Ahora hay hombres que te invitan a cenar y se empeñan en pagar ellos, pero con la idea de cumplir como caballeros y que luego no esperes de ellos que haya “otra cosa”, aunque esta apreciación es subjetiva y condicionada a una “cierta edad”, aunque no por ello menos cierta.

Pero mediados los veinte y pico, emparejados o casados, empezamos a reunirnos en los primeros pisos –los de las primeras hipotecas- y a organizar cenas de amigos; cada uno traía lo que podía y pasábamos buenísimas veladas entre jamón, chorizo, queso y vino de Rioja. Y los inevitables porros de postre, era el signo de la época.

Luego nos hicimos mayores –unos más que otros- y ya tuvimos sueldo fijo y todo eso –unos más que otros también- y empezó a quedar un poco cutre lo de reunirnos en casa y jugar a las cartas después de cenar; se imponía salir al restaurante para celebrar únicamente que era viernes o sábado y demostrar también que el poder adquisitivo daba para ello; empezábamos a vivir mucho mejor que nuestros padres, a manejar dinero y le cogimos el gusto a visitar los locales gastronómicos de moda que se pusieron las botas con las ganas de figurar y alardear del personal–lo que hoy se llama “postureo”.

Esa costumbre, de “salir”, ha quedado como una “marca” de nuestra generación –los que ya no vamos a cumplir los cincuenta-, y ya sólo se estila el “quedamos para comer” o “hacemos una cena”; con amigos o familia, las reuniones casi siempre son alrededor de una mesa donde la conversación no es más que el aliño de la comida.

Y es que las relaciones sociales se llevan a cabo de preferencia con nocturnidad, premeditación (si no reservas, no cenas) y un montón de alevosía… hacia el estómago –y no digamos hacia el bolsillo-.  Y yo me digo –y les digo-: ¿Es que no podemos quedar para dar un paseo higiénico (como decía mi padre con buen criterio) por esta nuestra hermosa ciudad y, si acaso, tomar un ligero refrigerio si el cuerpo y el espíritu lo demandan? ¿Hay que salir a comer y a cenar dos o tres veces por semana para mantener a los amigos al día de nuestras cosas? Si por lo menos tuviéramos la costumbre de hacer las cenas en casa y así no nos viéramos obligados a la ingesta inmoderada… y que nadie me diga que se puede ir a un restaurante y cenar una ensaladita y un pescado a la plancha, que eso por estos lares, es pecado mortal.

Mientras tanto y en matemática proporción, cuanto más se hinchan las arterias más mengua el bolsillo y ya ni queremos saber cómo anda el colesterol, no vaya a ser que nos llevemos un disgusto y nos diga el médico del ambulatorio que este año nada de sidrerías, ni alubiadas, ni cenas en la sociedad o en el último restaurante que ha abierto debajo de casa. Lo más que hemos conseguido ha sido sustituir una cena por el pintxo pote y así nos engañamos pensando que comemos menos, que gastamos menos y que somos un poco menos esclavos de unos deseos que ya ni sabemos si son nuestros o de quienes nos animan y jalean para seguir participando en cuchipandas varias.

No olvidemos que esto es una generalidad de poco fuste, porque hay muchísimas personas que no hallan placer alguno en salir a comer fuera (“como en casa en ningún sitio”) bien porque no les gusta gastar el dinero…o porque no se lo pueden permitir. No olvidemos que mientras hay quienes rechazan invitaciones para salir hay otros tantos que no pueden permitírselas. Como siempre, el mundo y la vida desequilibrada y desequilibrándonos a todos.

Felices los felices.

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Miedo a denunciar
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Cecilia Casado | 07-02-2018 | 09:03| 11

Hace ya muchos años, unos treinta mal contados, estando de vacaciones con mi novio de entonces, de resultas de una discusión subida de tono, éste me tiró al suelo de un puñetazo y me pateó la cabeza provocándome “rotura de parietal y traumatismo craneoencefálico” y dejándome ingresada en coma en un hospital de Lisboa como “indocumentada”. El chico se asustó de su acción y acabó trayéndome de vuelta a Donostia al cabo de una semana en su propio vehículo. Las secuelas físicas duraron varios meses, pero las psicológicas todavía me despiertan algunas madrugadas.

Este hombre era hijo de “buena familia” donostiarra y, para evitar el escándalo, me suplicó que no le denunciara, me pidió perdón de rodillas y juró que jamás volvería a ponerme la mano encima. Y yo no le denuncié, conté a mi familia y en mi trabajo que me habían asaltado para robarme, corté la relación y guardé en mi corazón un odio inmenso hacia su persona durante muchísimos años.

El miedo al escándalo, el miedo horrible al escarnio, a la burla incluso de quienes me veían con un hombre que había sido acusado de violencia por su propia hermana, de malos tratos por su ex mujer y repudiado por su familia al que ni siquiera saludaban cuando se lo cruzaban por la calle. Una joya, vamos. Pero fue mi propio MIEDO quien permitió que este hombre no pagara por sus desmanes, que siguiera libre y contento ofreciendo una imagen amable a sus amigos y conocidos a quienes bien se cuidaba de ocultar su parte más oscura.

Con el tiempo, con el aprendizaje emocional en marcha, fui capaz de ir sacando de mi interior el odio generado y dejando caer las piedras de rabia y dolor acumuladas. El primer confidente que tuve fue mi propio padre quien me instó a denunciarle y ante mi bloqueo y pánico fue ÉL MISMO quien interpuso una denuncia, tarde y mal

Así supe, así aprendí, que nada hay peor y más dañino que guardar en nuestra psique y en nuestra alma –o como se llame “eso” que tenemos dentro y que a veces duele tanto- el daño infligido por personas violentas en lo físico y en lo psicológico, porque el cuerpo nunca olvida aunque la mente se empeñe en olvidar y puede ir fabricando pequeños recordatorios en forma de inestabilidad de cualquier tipo: quistes, tumores, fobias, traumas, desequilibrio.

Me sometí a terapia para comprender que la violencia que habían ejercido sobre mí NO ME LA MERECÍA DE NINGUNA MANERA. Hice un gran esfuerzo de alquimia emocional para PERDONAR a un ser inconsciente de sus actos. Y dejé de ocultar esa parte de mi pasado que tenía bloqueada con muchos cerrojos por MIEDO al qué dirán, a la opinión ajena, a la conmiseración de mis allegados y, sobre todo, por darme a mí misma la paz interior que me merecía.

En aquel tiempo no existían las redes sociales para denunciar hechos como este detrás de un “cierto anonimato”. Había que dar la cara en Comisaría, enseñar la documentación, esperar sentada en un banco a que te atendiera el jefe de turno –pocas mujeres había- mientras otros policías te miraban con su cara normal y que tú interpretabas de mala manera. Había que contar los hechos, presentar informes y radiografías, acusar a alguien que no estaba presente y a quien preguntarían si era verdad lo que yo contaba, si no sería mi palabra contra la suya, sin más testigos de los hechos que mis lesiones y el informe de un hospital lisboeta. Nunca le encausaron.

Pero perdí el miedo y pude transmitirles a mis hijas, al contarles lo ocurrido cuando fueron capaces de asimilar la historia, la importancia que tiene ser capaz de superar el miedo que bloquea la propia dignidad, no únicamente para que cualquier persona agresora tenga su merecido, sino por una misma, por nosotras mismas, las que hemos vivido con miedo una época y un destino que condenaba a las mujeres a callar las agresiones de los hombres por miedo a ser estigmatizadas o señaladas con el dedo acusador del rechazo social.

O como aquella mujer que cuando su nuera se quejó de que su hijo –su marido- le había dado un puñetazo, puso cara de bruja y soltó el veneno todavía hoy vigente: “algo habrás hecho tú para merecértelo”. Mi amiga, la esposa del agresor, no se atrevió a denunciar por miedo y por vergüenza de que todo el mundo supiera con quién se había casado. Al cabo de los años, traumatizada ella y sus hijos por los malos tratos del marido/padre, acabó divorciándose con secuelas psíquicas y emocionales de mucha gravedad, tanto en ella como en sus hijos. Con el paso de los años superó el miedo –o eso dice-, pero siempre se arrepiente de no haberse atrevido a denunciar y rebelarse en su momento, sino “demasiado tarde”. Nosotras elegimos, es nuestra responsabilidad, no echemos los balones fuera ni las culpas a otros.

Ante la cobardía de la agresión, ofrezcamos la valentía de la denuncia.

Felices los felices.

LaAlquimista

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** Dando la cara.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.