Diario Vasco
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Fecha: enero, 2018
Zorionak Xixili. (El privilegio de ser madre)
Cecilia Casado 31-01-2018 | 8:31 | 11

 

Hoy celebramos el aniversario de mi hija mayor, Xixili, la primera niña de mis ojos que sigue estando en mi corazón tan presente como si no hubiera miles de kilómetros mezclándose con nuestros abrazos.

Ahora que está tan de moda entre cierto sector del colectivo materno echar pestes con fina ironía del hecho en sí de haber parido hijos, un poco como haciéndole un quiebro poco agradecido a los verdaderos motivos que cada mujer tiene para decidir en libertad tener un hijo, a mí me sale de lo más hondo algo poco correcto políticamente, que no es otra cosa que levantar mi voz a favor del privilegio que supone la maternidad para quienes así lo hemos elegido. (De la misma manera que también será un privilegio decidir no tener hijos para quien por esa opción se decante).

Tuve la discutible suerte de que no me educaran para la maternidad; ni siquiera mi madre me regaló jamás una muñeca, ni favoreció que jugara a “mamás” o leyera cuentos de hadas, por lo que crecí sabiendo ya que la maternidad sería una opción en mi vida y no una consecuencia más o menos lógica del matrimonio –para el que sí se me preparó y hacia el que sí se me condujo arrastrándome de los pelos.

Quizás por eso no pensé en hijos hasta bien cumplidos los veinticinco, quizás por eso decidí intentar ser madre cuando se me instaló en el corazón la conciencia de la posibilidad de traer a un ser humano a esta vida con el deseo de compartir el amor que me habitaba. En absoluto me movió la idea de perpetuar la especie o realizarme como mujer, idea peregrina la primera y fuera de contexto la segunda; me quedé embarazada con la única intención de dar amor y hacer feliz a otro ser humano. En realidad, la idea es buena y mejor la intención; aunque no hay que olvidar que es más que evidente que para conseguir esos fines hay varias opciones que no necesariamente pasan por la maternidad.

Jamás me he arrepentido de mi maternidad, ni un solo segundo en mi ya bastante larga vida.

Hoy recuerdo con el corazón ensanchado y mi mejor sonrisa aquel 31 de Enero que amaneció lleno de sol y emociones. Cómo sentí que venías Xixili y, en mi emoción de primeriza, nos fuimos a la clínica sin desayunar tan siquiera, para regresar a casa al poco rato con el consejo y la obligación de tener paciencia y tomarnos un buen desayuno. Eran los tiempos –aquellos años 80- en que muchas mujeres habíamos despertado a otra vida diferente llena de posibilidades en libertad, con derechos recuperados y muchas ganas de pelear por casi todo en cuanto a libertades humanas se refería. Eran los tiempos del “parto sin dolor”, adonde íbamos alegres y seguras de nosotras mismas, desechando aquellas “anestesias” para hacer cómodo el trámite del parir aunque se perdieran por el camino las emociones del mismo. Modas o costumbres, pero que nos permitieron compartir el parto con nuestra pareja, fotografiarlo incluso, con una hermosa banda sonora de fondo y la sonrisa cómplice y ayuda del ginecólogo.

Han pasado muchos años, largos y enjundiosos para ti y para mí, hija mía, y qué feliz me siento de poder mirarte a los ojos gracias a la tecnología que nos une y que ayuda a recomponer las pequeñas tristezas de la distancia.

Hoy voy también a celebrar la vida contigo. A reir recordándote que todas las emociones que conlleva tener a un bebé en brazos ahora ya las conoces tú también gracias a esa bendita criatura que habéis traído al mundo; ahora ya sabes que la emoción no tiene límite, que el corazón se ensancha y el aire nos viene lleno de vida porque basta perderse unos segundos en los ojos de esa criatura amada para sentirse intensamente feliz.

Ahora sé que entiendes y aceptas todas las “cursilerías” que os he expresado a vosotras, mis hijas queridas; ahora entiendes por qué tengo fotos vuestras y retratos por toda la casa, y sé que hoy también sonríes por tu fiesta y la de tu niña maravillosa y por la mía que es la misma, circular, profunda y silenciosa desde lo más hondo.

Mi amor como siempre, hasta el infinito y más allá.

Felices los felices.

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Reflexión del lunes. Alicientes.
Cecilia Casado 29-01-2018 | 8:22 | 7

Atravesamos, no pocas veces, caminos poco transitados por la ilusión y carentes de estímulos que nos hagan fijar la vista fuera de las piedras del suelo, como si bastara con no tropezar con ellas para darle significado a toda una vida. Porque es fatigoso vivir en esa rutina de un día a día sin más horizonte que el merecido descanso al acabar la jornada. Ya sabemos todos de qué hablo.

Por eso doy tanta importancia a los alicientes, esas pequeñas pinceladas de color en el gris cotidiano, esos chispazos de energía que ayudan a despejar la modorra de la rutina que, para qué vamos a engañarnos, conforma el escenario continuo de nuestra puesta en escena vital.

No son pequeños retos –los alicientes- sino un incentivo que puede añadirse a lo habitual y conocido, un atractivo extra para aquello que tiene ya de por sí poco lustre. Esas secretas o ínfimas motivaciones añadidas para añadir un poco de combustible a la locomotora personal cuando pierde la fuerza o el empuje habitual.

Recuerdo mi vida laboral llena de alicientes: el privilegio de trabajar junto a un gran ventanal, con luz natural e incluso vistas agradables compensaba –de alguna manera- la frustración de tener que pelear por el reconocimiento de mi trabajo en un entorno masculino y discriminador. Otro aliciente fue las amistades que labré como consecuencia de mi trabajo con colaboradores externos, proveedores o clientes; trabajar con buena gente era todo un incentivo que no estaba incluido en el sueldo pero que supuso un empuje adicional cuando la moral se me venía abajo.

El aliciente de vivir en libertad sin dar cuentas a nadie me amparó de la depresión cuando comprobé que no estaba hecha para convivir en pareja, con o sin Libro de Familia de por medio. Y siempre fue para mí un gran atractivo educar a mis hijas según mis criterios –seguramente algunas veces equivocados- sin tener que pelear o discutir con un progenitor con ideas opuestas a las mías; de esa forma conseguí no sentirme desgraciada de ninguna manera por tener que sacar adelante un hogar monoparental.

Han pasado todos aquellos lustros de gusto y disgustos, de muchas luchas y menos victorias para dar paso al tramo de la vida en el que parece que tan sólo se puede “vivir de rentas”, sin proyectos, sin retos por cumplir, sin montañas por escalar…y sin alicientes.

Observo entristecida a demasiadas personas que, ya bien pasados los cincuenta, miran la vida con un prisma borroso y deslucido. Quizás porque la juventud se escapó sin remedio, quizás porque con ella se fueron ilusiones, sueños…y alicientes.

Tengo que confesar que a mí también me cuesta a veces proveerme de buenos alicientes para sonreir al espejo cada mañana. Tenía un stock bastante completo que se ha ido vaciando y que no sé cómo ni cuándo voy a poder reponer. Se me ha escapado el aliciente de los paseos por el monte con mi perro o el aliciente de los paseos por el monte con el amigo con quien los daba (ambos enfermos, ambos sin fuerza).

A fuerza de rebuscar en el cajón mental o emocional donde se supone que reposan esos alicientes, he dado un zapatazo algo rabioso y he decidido que “ya vendrán si tienen que venir”. Es decir, DEJAR DE BUSCAR PARA ENCONTRAR.

Uno de Enero de 2018. Una sorpresa llama a mi puerta…y la acojo. Mi vida da un golpe de timón, inflo las velas y dejo que el viento me empuje. Comienzo un nuevo trabajo existencial. Un nuevo aliciente en mi vida para ayudarme a crecer en forma de una persona querida que también necesita nuevos alicientes para su viaje.

Febrero/Marzo de 2018. Haré las maletas para realizar un viaje a India -sola, pero con otras mujeres viajeras-, con algunas paradas turísticas y otras dentro de la ruta del crecimiento personal y rematar con el festival Holi de bienvenida a la primavera. Un aliciente importante y emocionante aunque no sea la primera vez que viajo a ese país lleno de contrastes. (Varias semanas sin ordenador, casi nada)

La primavera ya es ciencia ficción para mí a pesar de que están en fila, esperando, nuevos alicientes vitales que ni siquiera yo misma he buscado, que llaman a la puerta –en forma de oportunidades de crecimiento- y a los que invito a pasar porque sé, soy muy consciente de ello, de que ya y para los restos, voy a ir sembrando mi biografía con todos los alicientes de los que sea capaz. Unos florecerán y otros se quedarán por el camino, pero todos ellos me van a ayudar a respirar mejor este aire de la vida que tantas veces se me torna irrespirable.

Soy consciente y responsable de lo que digo que voy a hacer y en absoluto he de criticar a quienes, estando cansados de vivir o enfermos de la vida, decidan apartar o erradicar cualquier aliciente de su biografía. Estar tranquilo, en paz y descansando de toda una vida de fatiga y esfuerzo también puede ser un gran aliciente.

Felices los felices.

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Trucos para ligar a partir de los 50
Cecilia Casado 26-01-2018 | 8:22 | 6

 

Nada más escribir el título de este artículo me doy cuenta de que debería tener dos capítulos, el de ellas y el de ellos, pero como siempre digo que no hablo más que de lo que sé, los trucos masculinos (en caso de que existan) los voy a tener que dejar de lado. También pienso a priori que no voy a poder evitar caer en alguna generalidad más o menos vulgar, pero es inevitable, ya iremos separando el grano de la paja como podamos.

En primer lugar, he dicho “trucos”, y el que no sepa lo que significa que mire en el diccionario y se sorprenda. Lo digo para que no nos llamemos a engaño, que mis palabras no tienen “truco” y buscan literalmente lo que proponen. Es decir –por si alguien anda perdido entre la maraña del DRAE-, un truco es una trampa. Ni más ni menos. Pero sigamos.

Para atraer a alguien con fines más o menos erótico/románticos –por delimitar el concepto “ligue”- hay que engañarle, hacerle morder el anzuelo, hacer sonar un cascabel sobre su cabeza y conseguir que quede hipnotizado. Horadar el suelo bajo sus pies para que pise en falso y caiga –rendido- hasta el fondo, como en toda trampa que se precie. Y luego, obviamente, arrancarle la piel para darle buen uso y comerse su carne para alimentar el ego. (Eso es ligar, de amor mejor ni hablamos)

Las mujeres mayores de cincuenta años lo podemos hacer de las siguientes maneras (y todas efectivas aunque se repitan, que el macho de la especie no toma apuntes y es olvidadizo. Hablo en plan hetero porque es el que practico habitualmente).

1.- Truco de decir que se es más joven de lo que se es.  Mediante palabra (mentira podrida), acción (cirugía) u omisión (callando como muertas) Infalible. Si alguna vez “juego” a decir que tengo 50 años puede que me miren dos veces, pero se lo creen porque les interesa. Sobre todo si el interfecto tiene como mínimo diez más.

2.- Truco de dejar que el hombre hable TODO EL RATO de sí mismo. Para eso hace falta más bien poco; un par de preguntas dejadas caer como quien no quiere la cosa aquí y allá y al cabo de unos veinte minutos lo tienes listo para casi lo que quieras. Se puede rizar el rizo poniendo morritos y salpicando su monólogo de unos cuantos “ohhhs” y “ahhhs”. A este respecto se pueden aprender técnicas rápidas en un programa de citas de la tele; impagable como manual aunque infumable como modelo de nada.

3.- Truco de hacer ver que tenemos unas ganas horribles de irnos a la cama con “alguien como él”. Si no está demasiado borracho, nos responderá que él está loco de ganas de acostarse con alguien como nosotras. Directo al ego, es un golpe arriesgado pero casi siempre mortal. (Para él, of course) Ojo, la coyunda que no sea nunca en la casa propia. A tal fin conviene inventarse una tía anciana o un perro con malas pulgas.

4.- Truco de irse a ligar a otra ciudad que no sea Donostia porque aquí no “pilla” ni el apuntador como no sea a partir de las dos de la mañana y ya se sabe, a esas horas, los hombres y las mujeres son como los lavabos de las gasolineras: “o están ocupados o hechos una porquería”.

Los tímidos no salen mucho como no les arrastre algún grupo, los activos –aunque sean tímidos- están emparejados y los recién divorciados se creen los reyes del mambo y se van a las discotecas latinas donde impera el totumrevolutum de la necesidad a ritmo de bachata. De los viudos sé más bien poco excepto que una vez salí con uno a tomar una copa y se pasó el rato hablando de cuánto añoraba a su difunta.

Las divorciadas con muchos años a la espalda lo queremos todo y a la vez no necesitamos apenas nada. Quizás una alegría para el cuerpo o alguien con quien compartir mantita y peli; también siguen sobreviviendo algunas romanticonas que siguen dando la matraca con lo de la “media naranja” o “el hombre de mi vida”; no sé, no conozco a muchas…

En cuanto a cómo hacen los hombres de 50 años o más para ligar, no tengo ni idea, porque me parece que, caso de intentarlo, tan sólo lo hacen con mujeres que tengan como mínimo 15 años menos que ellos o con mujeres que tengan como mínimo 15 cms. más de perímetro que nosotras.

Quiero decir que a mí “no me entran”, ellos también acusan y recuerdan el maltrato recibido en las discotecas de los años ochenta por aquellas mujeres jóvenes (nosotras mismas) que nos divertíamos “dando calabazas” y que nos hemos convertido en mujeres poco simpáticas que nos seguimos creyendo que guardamos encantos ocultos para seducir al macho de la especie. Ahí hemos perdido todos, mujeres y hombres, por no saber vaciar la mochila de viejos estereotipos… pero eso sigue siendo una opción personal.

O sea que este fin de semana, al cine con las amigas  y luego a hacer risas sobre nosotras mismas sin molestar a nadie.

Felices los felices.

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Todo es tan inestable…
Cecilia Casado 24-01-2018 | 8:31 | 11

 

Tuve un novio durante cinco años y cada vez que le preguntaba “¿me querrás mañana?”, me contestaba: “mañana te lo diré”. Obviamente era una broma entre nosotros, una especie de pequeño dislate necesario para recordarnos lo efímero del amor –y de la vida si vamos a eso. Un buen día se me olvidó hacerle la pregunta retórica y él no me lo echó en cara, pero nos fuimos distanciando poco a poco porque nuestras vidas eran paralelas y ya se sabe que esas líneas nunca se juntan. Hoy en día, de vez en cuando nos saludamos desde la vereda de nuestro propio camino y, si tenemos el capricho, nos tomamos un vino juntos.

Todo es tan inestable…

Tuve un trabajo durante treinta y seis años y cuatro meses y cuando aún faltaban diez años para alcanzar mi fecha de obsolescencia programada me encontré haciendo un camino sin retorno hacia las filas del personal desechado (ya que todos somos desechables). En dos bolsas reutilizables cupieron mis soportes de toda una vida laboral: algunas agendas viejas, fotos de comidas de hermandad ¿?, el sacapuntas de bola de nieve, los imanes de los pitufos y los dibujos infantiles que mis hijas me regalaban aunque no fuera el día de la madre, y allí se quedó “mi mesa”, y no dejé más huellas que las digitales en el teléfono o el ratón del ordenador. Todo mi ADN emocional me lo llevé conmigo.

Todo es tan inestable…

Tuve amores y amistades que fueron prioridades del momento en que las vivíamos, sueños compartidos y varias manos tirando del mismo carro ilusionado, proyectos que un buen día pasaron de ser “una opción más” a “una opción sin más” y que quedó abandonado por consunción o aburrimiento de los arrieros. Aunque se intente darle un pretendido halo de poesía al abandono de las ilusiones, éstas se quedaron flotando en el viento junto a los jirones del tiempo compartido.

Todo es tan inestable…

Nada hay que se mantenga sin peligro de cambiar, todo es susceptible de caer o desaparecer de la noche a la mañana. Basta un instante. Tan sólo un instante para que aquello que jurábamos  permanecería en el mismo lugar durante mucho tiempo cambie de estado sólido a líquido –lágrimas, lluvia que convierte la tierra en lodo- y luego a gaseoso –para expandirse indefinidamente- como el aire hueco y vacío de la ausencia.

Quizás cada persona necesite aferrarse a una pequeñísima parcela de inmutabilidad, allí donde florece el amor más intenso, más arraigado, quizás el más puro: el amor elegido, buscado, sembrado, cuidado, protegido y amparado. Eso siento cuando veo a mi hija mayor mirando a su pequeña hija, mi adorada nietecita, y nos coincide la mirada un instante, se nos confunde el reflejo amoroso, el que yo siento por ella y ella siente por su bebé…

Quizás no todo sea tan inestable…

Felices los felices

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Reflexión del lunes. Consejos envenenados
Cecilia Casado 22-01-2018 | 8:48 | 10

 

Pedir consejo u opinión ajena cuando tenemos dudas de cómo llevar a cabo una acción –del tipo que sea- es una actividad bastante poco extendida por el planeta humano. No sé qué es mejor –yo también dudo-: si es preferible correr el riesgo del error a través del aprendizaje o asegurarse de un cierto “éxito” gracias al aporte del “conocimiento” ajeno añadido al propio.

Durante la primera época de mi vida me sentía muy segura de mí misma. (Curiosamente debería haber sido al revés, pero bueno). Tanto es así que tomé decisiones brutales –como casarme a los seis meses de conocer a un hombre- sin encomendarme ni a dios ni al diablo, con una especie de autosuficiencia que no estaba exenta de soberbia (ahora lo sé). Después, en la segunda época –ésta que atravieso y que espero dure lo más posible en condiciones aceptables- ya me he ido pensando más las cosas, reflexionando y, sobre todo, pidiendo opinión a quienes supongo también reflexivos, esas personas de mi confianza cuya visión del asunto personal no va a adolecer de imparcialidad e incluso de dureza.

De esta manera mis decisiones y giros de timón han sido más conscientes, más elaborados y menos impulsivos. Evidentemente, la decisión final y la responsabilidad de las consecuencias de mis actos es únicamente mía, las complicidades emocionales no son denunciables ante un juez… de momento.

Pero lo que nunca he hecho ni haré así viva ciento diez años es ampararme en el “visto bueno ajeno”, buscar un “nihil obstat” sin valor alguno, para llevar a cabo una acción objetivamente deleznable. Es decir: sabiendo que un acto es intrínsecamente reprobable en el sentido moral, ético e incluso social, pedir opinión y consejo a personas de la propia cuerda para oir lo que uno quiere oir para reafirmarse en la dura decisión que se quiere tomar y para la que está demandando testigos y cómplices emocionales, una especie de “seguro” para quitarse la responsabilidad de encima y diluirla entre los “consultados”.

Ejemplos tengo de todos los colores; ejemplos personales, padecidos en mis carnes e infligidos por mis progenitores que cuando “no podían conmigo” se ampararon en el criterio de aquello que se llamaba (y que mucho me temo se sigue llamando todavía) el “director espiritual” para hacer cosas tan “educativas” como apartarme del seno familiar mediante el internamiento en un lugar de pesadilla o –una vez comprobada la ineficacia del palo, la férula y el castigo,- expulsarme de la vivienda familiar para no tener que seguir lidiando con mis ideas o criterios de veinteañera rebelde y reivindicativa.

Cuento aquí mi caso personal –ya sin rencor ni acritud, que no soy de guardar mohos en la recámara- para levantar mi voz y expresar mi indignación en contra de aquellos padres y madres que hoy en día todavía “se quitan de en medio” a un hijo molesto con quien no saben gestionar ni mucho menos desarrollar el supuesto amor que le deben por el hecho de haber deseado –en algún momento del pasado- a ese hijo.

No hablo de hijos delincuentes, drogadictos, ni violentos. Hablo de los hijos que vienen a este mundo con el derecho bajo el brazo de recibir amor y cuidados y se encuentran –por incapacidad y falta de generosidad de sus progenitores, incluso de la propia madre- arrojados fuera del hogar familiar “porque están hartos de ellos”.

Quizás ellos solos no se habrían atrevido a hacerlo, pero como han pedido “consejo” y les han dicho lo que querían oir, pues igual resulta que les han colado “un consejo envenenado y peligroso” de cuyas consecuencias tan sólo van a ser responsables ellos mismos. Vaya usted a pedir cuentas al maestro armero cuando descubran que les han aconsejado mal…

En fin. (Hoy no pongo “felices los felices” por motivos obvios.)

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.