Diario Vasco
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Fecha: febrero 12, 2018
Reflexión del lunes. Excesos gastronómicos.
Cecilia Casado 12-02-2018 | 8:46 | 13

Empecé a manejar algo de dinero cuando me puse a trabajar en los veranos de mi época universitaria. Era poco lo ganado, pero me hacía sentir bien conmigo misma y me proporcionaba el placer de  permitirme algún pequeño viaje, unos libros o una minifalda extra ya que en mi casa no conjugaban bien el verbo “caprichear”. También salía de marcha a discotecas, cuando todavía no existían las licencias nocturnas para bares y pubs, nos tomábamos un par de copas como mucho con la peregrina convicción de que sin alcohol no había diversión, y pegando brincos, ya pasábamos tan felices las horas nocturnas del fin de semana.

Gastábamos todo el dinero que podíamos –que no era demasiado-, pero desde luego lo que no se nos ocurría a los jóvenes de entonces era gastar el dinero en comida. Se salía de casa con la tripa bien llena después de cenar y a comerse la noche.

Si tenías un novio o algo parecido igual te invitaba un día a un bocata pero poco más. Además nuestras madres nos enseñaron a no dejarnos agasajar demasiado no fuera a ser que luego quisieran “cobrárselo en especies”. Ahora hay hombres que te invitan a cenar y se empeñan en pagar ellos, pero con la idea de cumplir como caballeros y que luego no esperes de ellos que haya “otra cosa”, aunque esta apreciación es subjetiva y condicionada a una “cierta edad”, aunque no por ello menos cierta.

Pero mediados los veinte y pico, emparejados o casados, empezamos a reunirnos en los primeros pisos –los de las primeras hipotecas- y a organizar cenas de amigos; cada uno traía lo que podía y pasábamos buenísimas veladas entre jamón, chorizo, queso y vino de Rioja. Y los inevitables porros de postre, era el signo de la época.

Luego nos hicimos mayores –unos más que otros- y ya tuvimos sueldo fijo y todo eso –unos más que otros también- y empezó a quedar un poco cutre lo de reunirnos en casa y jugar a las cartas después de cenar; se imponía salir al restaurante para celebrar únicamente que era viernes o sábado y demostrar también que el poder adquisitivo daba para ello; empezábamos a vivir mucho mejor que nuestros padres, a manejar dinero y le cogimos el gusto a visitar los locales gastronómicos de moda que se pusieron las botas con las ganas de figurar y alardear del personal–lo que hoy se llama “postureo”.

Esa costumbre, de “salir”, ha quedado como una “marca” de nuestra generación –los que ya no vamos a cumplir los cincuenta-, y ya sólo se estila el “quedamos para comer” o “hacemos una cena”; con amigos o familia, las reuniones casi siempre son alrededor de una mesa donde la conversación no es más que el aliño de la comida.

Y es que las relaciones sociales se llevan a cabo de preferencia con nocturnidad, premeditación (si no reservas, no cenas) y un montón de alevosía… hacia el estómago –y no digamos hacia el bolsillo-.  Y yo me digo –y les digo-: ¿Es que no podemos quedar para dar un paseo higiénico (como decía mi padre con buen criterio) por esta nuestra hermosa ciudad y, si acaso, tomar un ligero refrigerio si el cuerpo y el espíritu lo demandan? ¿Hay que salir a comer y a cenar dos o tres veces por semana para mantener a los amigos al día de nuestras cosas? Si por lo menos tuviéramos la costumbre de hacer las cenas en casa y así no nos viéramos obligados a la ingesta inmoderada… y que nadie me diga que se puede ir a un restaurante y cenar una ensaladita y un pescado a la plancha, que eso por estos lares, es pecado mortal.

Mientras tanto y en matemática proporción, cuanto más se hinchan las arterias más mengua el bolsillo y ya ni queremos saber cómo anda el colesterol, no vaya a ser que nos llevemos un disgusto y nos diga el médico del ambulatorio que este año nada de sidrerías, ni alubiadas, ni cenas en la sociedad o en el último restaurante que ha abierto debajo de casa. Lo más que hemos conseguido ha sido sustituir una cena por el pintxo pote y así nos engañamos pensando que comemos menos, que gastamos menos y que somos un poco menos esclavos de unos deseos que ya ni sabemos si son nuestros o de quienes nos animan y jalean para seguir participando en cuchipandas varias.

No olvidemos que esto es una generalidad de poco fuste, porque hay muchísimas personas que no hallan placer alguno en salir a comer fuera (“como en casa en ningún sitio”) bien porque no les gusta gastar el dinero…o porque no se lo pueden permitir. No olvidemos que mientras hay quienes rechazan invitaciones para salir hay otros tantos que no pueden permitírselas. Como siempre, el mundo y la vida desequilibrada y desequilibrándonos a todos.

Felices los felices.

LaAlquimista

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.