Diario Vasco
img
Autor: A partir de los 50
Los puñales del whatsapp
img
Cecilia Casado | 07-02-2018 | 8:31| 0

 

Hasta el siglo pasado, cuando se quería romper una relación, lanzar a alguien una pedrada emocional o si se era tan cobarde y miserable como para no atreverse a decir las cosas a la cara, se escribían cartas con o sin remite. Solían ser sentencias en toda regla –por aquello de que lo bien escrito, bien se lee- y abocaban al destinatario a leerlas una y otra vez incluso para confirmar las crudas palabras que contenían. -“Mi novio me ha escrito una carta rompiendo la relación después de dos años”. Sin anestesia y dejando constancia con poca luz, pero malhadada contundencia.

Luego vino el teléfono y por lo menos el agresor tenía que expresar el agravio, ofensa o ruptura mediante la voz –que algo es algo-, exponiéndose a airadas réplicas o enfados a voz en grito, y si estos –los gritos y denuestos- eran demasiado, se colgaba el aparato y ahí te quedabas, con cara de que te ha caído un rayo encima sin tan siquiera haber abierto la ventana. Y si marcabas el dial para devolver la llamada y prolongar el martirio del abandono, podías encontrar al otro lado el silencio de las fosas abisales. Toda una sentencia inapelable.

Pero con las nuevas tecnologías hemos avanzado tanto, pero tanto, tanto, que ahora ya puedes decirle a tu marido (o a tu esposa): – “t espero Juzgado Familia nº3, lunes 9 Feb., 10 am.” Y ni siquiera es un telegrama. Y ni siquiera hay que firmarlo.

Los “whatsapp” se inventaron para los cobardes, -al igual que sus antecesores sms- como herramienta para comunicar noticias malas directamente desde las alcantarillas del alma o desde la miasma de la sinrazón.

Sé de alguien a quien su pareja le envió la sentencia de que le dejaba por otra persona de esa forma miserable. Podría haber sido una solución a una relación tempestuosa, pero el tipo en cuestión se fue a trabajar por la mañana, dejando la cama caliente y ya no volvió más que cuando no había nadie en el piso a recoger sus cosas con una furgoneta alquilada.

También conozco a quien le felicitaron por su cumpleaños con un mensajito y punto pelota. La cosa no sería grave si no fuera porque la persona que lo hizo era su novio “de toda la vida”: ni regalo, ni flores, ni cena, ni rien de rien.  (Por lo menos la buena mujer lo tuvo claro y le respondió con otro whatsapp con ese emoji en el que se ve una mano haciendo “adiós”).

Los empresarios todavía no han descubierto la utilidad encubierta, aunque igual sí y no la usan porque es ilegal: -“Ultimo día contrato 26 Feb. Pase por caja”.

Aunque también están los whatsapp útiles: -“Llego tarde. Véte tú sola al cine” o los graciosos: “Kiero tortilla d patata para cenar” o los breves y pretendidamente cariñosos: “tqm”. Que no todo va a ser denostar la tecnología, aunque preveo una futura generación con los pulgares hiperdesarrollados como un bulbo de patata.

Pero cuando una persona es tan poco digna que se esconde detrás de la triste pantalla de un teléfono, cuando alguien se saca de encima la molestia sin aspavientos, cuando se le falta al respeto al otro haciéndole ver que ni siquiera se le considera merecedor del gesto, de la voz, de la presencia y se dicen cosas importantes mediante esos mensajitos, cuando se da validez social (y creo que hasta legal) a ese tipo de paupérrima comunicación, se está haciendo merecedor a su vez de recibir un whatsapp, sólo uno, escueto, contundente, definitivo. Y seguro que el Universo encontrará la forma de hacérselo llegar.

Felices los felices.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

 

Ver Post >
Reflexión del lunes. Dudas y certezas
img
Cecilia Casado | 05-02-2018 | 8:30| 0

arrou-tea-quintana-flower-tears-45-cm-300x2001

 

Desde siempre he alucinado bastante con ese tipo de personas que todo lo tienen super claro; esa gente que se afirma en su pequeño pedestal de sabiduría y proclama a todos los vientos sus certezas. Sean estas religiosas, políticas o simplemente de andar por casa. Mucho he hablado con ellos, para aprender o discutir, cuando una tiene ganas de un poco de gresca intelectual, y siempre he terminado contra las cuerdas: imposible rebatir la contundencia con la que esgrimen –y llevan a cabo- sus ideas.

Que no digo yo que les falte razón en sus planteamientos –pues no es esa la cuestión- sino el hecho de que esas personas NUNCA DUDAN. Es decir, “aparentemente” están muy seguras de sí mismas y transmiten parte de esa seguridad al entorno que les sigue o aplaude sin demasiada reflexión.

Como aquel que me llevó una vez monte arriba, fuera del sendero marcado, insistiendo con rabia y tesón que “estaba seguro” de que ese era el camino correcto. Cuando, al cabo de demasiados minutos, nos dimos de narices contra un obstáculo insalvable se quedó callado, como fulminado por un rayo invisible y ante mi disgusto y estupor, tan sólo farfulló algo parecido a “pues estoy seguro de que era por aquí”.

Así nos luce el pelo a los que dudamos de bastantes cosas y acabamos eligiendo como sherpa a los que dicen no dudar de nada.

¿Qué hago cuando veo que aquella persona por la que me he dejado guiar se ha equivocado meridianamente y soy yo quien tiene que asumir las consecuencias? Digamos que soy responsable de todas, TODAS mis decisiones, pero entonces… ¿no debería confiar en nadie más que en mí misma? Item más: ¿debería exigir a mi guía/maestro/conductor una especie de indemnización o responsabilidad civil subsidiaria por haberme llevado a mal fin por mal camino?

Y es que… tengo más dudas que certezas. Conforme me voy haciendo mayor soy cada día más consciente de la impermanencia de las cosas, de la inestabilidad de la psique humana, de la falta de equilibrio en el Universo aunque los científicos digan otra cosa en sesudos estudios que ni siquiera sería capaz de entender si acaso estuvieran a mi alcance.

Veo alrededor a gente muy segura de lo que hace, reafirmando conductas con zapatazos sonoros, apoyándose en ideas llenas de humo y en personas inestables psicológicamente por las que se dejan influenciar para reafirmarse en tal o cual actuación que no hay dios que entienda, pero que ellos dicen, gritan, aseguran, nace del convencimiento de la razón, de la seguridad de la certeza, de la ausencia de esa duda que yo sigo manteniendo viva en mi mente, en mi corazón, porque ahora voy sabiendo que nada es inmutable, nada, ni siquiera lo que nos contaron en su día que sería para siempre…

Ahí está el “amor de madre”, esa gran verdad o ese gran cuento chino que unas usan para justificar desmanes y otras para conseguir audiencia. Ahí está también la soberbia de subirse al banquito de la cocina para ponerse por encima de los demás e inventar un nuevo decálogo con pretensiones de que los que quedan por debajo lo sigan.

Cada vez tengo más dudas, cada vez amparo en mí menos certezas y no pasa nada, sigo viviendo tranquila y durmiendo más tranquila todavía. Será que ya me quedan pocas ganas de pretender tener “la razón”…

Felices los felices.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

*** “Flower tears” Quintana Arrou-tea

Ver Post >
Habilidad para el autoengaño
img
Cecilia Casado | 02-02-2018 | 8:30| 0

 

Dicen que decía Einstein que una de las dos cosas infinitas que él conocía era la estupidez humana –la otra era el Universo- y siempre me ha parecido una frase demasiado fácil y poco caritativa, porque mucha veces confundimos estupidez con capacidad de auto-engaño y esta última –a fin de cuentas- no es más que el último bastión que le queda al ser humano donde protegerse contra el dolor, la iniquidad y hasta la propia cobardía.

Confiar en que las oraciones, la fe religiosa o una promesa elevada a la categoría de penitencia puedan ayudar a sanar una grave enfermedad… ¿es estupidez o una manera de engañarse a uno mismo? ¿Denota acaso que la persona se aferra a un clavo ardiendo con tal de no sucumbir al desánimo total y tirar la toalla?

Confiar en que la persona a la que has amado durante años va a cambiar de actitud y va a dejar de provocar dolor por el mero hecho  de aguantarla con santa paciencia, rodearla de comprensión sin límites y tragarse el orgullo propio… ¿es estupidez o una manera de engañarse a uno mismo? ¿No será más bien el síntoma de que la persona que aguanta y sufre lo está haciendo por miedo a enfrentarse a la soledad y a perder el poco amor que imagina le dan?

Creer en la existencia última de las cualidades de una persona –que no se manifiestan, que están latentes e incluso ocultas- es como creer en un dios al que no ves y que siempre martiriza con desmanes propios de dioses. ¿Cómo se puede seguir amando a alguien a pesar del dolor infligido, de las desgracias personales, de las íntimas catástrofes?

Confiar ciegamente en que una persona es digna de nuestro amor –aunque no se lo merezca, aunque forme parte de la familia troncal, aunque sea antipática y desconsiderada y no tenga ni un solo detalle digno de mención- y seguir a su lado por encima de todo no denota otra cosa que estupidez, cobardía y miedo a la soledad.

Pero, ojo, no hagamos trampas que es demasiado fácil y se nos va a notar enseguida. Que estas críticas son de ida y vuelta, que tanto podemos condolernos por lo que creemos nos están hurtando como debemos reflexionar sobre lo que NOSOTROS quitamos a los demás. Es demasiado fácil “victimizarse” y contar a los cuatro vientos cuánto se sufre, cuánto dolor injusto se padece, que “malos” son los otros y cuánta santa paciencia nos habita a nosotros, los mártires, las víctimas, los injustamente tratados que miramos desde un único lado del espejo.

Eso también es estupidez y auto-engaño y si no se es capaz de tener la humildad suficiente como para reconocerlo y lidiar con ello, ahí están “los otros”, esos que sí se dan cuenta de las trampas personales y que, en un acto reflejo de supervivencia, van a alejarse, desaparecer de la órbita contaminada y buscar su camino lejos de esa esfera llena de auto-engaño y soberbia.

Sin amor el ser humano se siento solo y perdido, por eso cuando falla, uno se inventa cualquier otro tipo de amor para proporcionar el alivio mínimo que permita seguir viviendo. Capacidad de supervivencia y adecuación al medio se le llama a eso. O auto-engaño. O estupidez. Cualquiera sabe…

Felices los felices.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

 

Ver Post >
Zorionak Xixili. (El privilegio de ser madre)
img
Cecilia Casado | 31-01-2018 | 8:31| 0

 

Hoy celebramos el aniversario de mi hija mayor, Xixili, la primera niña de mis ojos que sigue estando en mi corazón tan presente como si no hubiera miles de kilómetros mezclándose con nuestros abrazos.

Ahora que está tan de moda entre cierto sector del colectivo materno echar pestes con fina ironía del hecho en sí de haber parido hijos, un poco como haciéndole un quiebro poco agradecido a los verdaderos motivos que cada mujer tiene para decidir en libertad tener un hijo, a mí me sale de lo más hondo algo poco correcto políticamente, que no es otra cosa que levantar mi voz a favor del privilegio que supone la maternidad para quienes así lo hemos elegido. (De la misma manera que también será un privilegio decidir no tener hijos para quien por esa opción se decante).

Tuve la discutible suerte de que no me educaran para la maternidad; ni siquiera mi madre me regaló jamás una muñeca, ni favoreció que jugara a “mamás” o leyera cuentos de hadas, por lo que crecí sabiendo ya que la maternidad sería una opción en mi vida y no una consecuencia más o menos lógica del matrimonio –para el que sí se me preparó y hacia el que sí se me condujo arrastrándome de los pelos.

Quizás por eso no pensé en hijos hasta bien cumplidos los veinticinco, quizás por eso decidí intentar ser madre cuando se me instaló en el corazón la conciencia de la posibilidad de traer a un ser humano a esta vida con el deseo de compartir el amor que me habitaba. En absoluto me movió la idea de perpetuar la especie o realizarme como mujer, idea peregrina la primera y fuera de contexto la segunda; me quedé embarazada con la única intención de dar amor y hacer feliz a otro ser humano. En realidad, la idea es buena y mejor la intención; aunque no hay que olvidar que es más que evidente que para conseguir esos fines hay varias opciones que no necesariamente pasan por la maternidad.

Jamás me he arrepentido de mi maternidad, ni un solo segundo en mi ya bastante larga vida.

Hoy recuerdo con el corazón ensanchado y mi mejor sonrisa aquel 31 de Enero que amaneció lleno de sol y emociones. Cómo sentí que venías Xixili y, en mi emoción de primeriza, nos fuimos a la clínica sin desayunar tan siquiera, para regresar a casa al poco rato con el consejo y la obligación de tener paciencia y tomarnos un buen desayuno. Eran los tiempos –aquellos años 80- en que muchas mujeres habíamos despertado a otra vida diferente llena de posibilidades en libertad, con derechos recuperados y muchas ganas de pelear por casi todo en cuanto a libertades humanas se refería. Eran los tiempos del “parto sin dolor”, adonde íbamos alegres y seguras de nosotras mismas, desechando aquellas “anestesias” para hacer cómodo el trámite del parir aunque se perdieran por el camino las emociones del mismo. Modas o costumbres, pero que nos permitieron compartir el parto con nuestra pareja, fotografiarlo incluso, con una hermosa banda sonora de fondo y la sonrisa cómplice y ayuda del ginecólogo.

Han pasado muchos años, largos y enjundiosos para ti y para mí, hija mía, y qué feliz me siento de poder mirarte a los ojos gracias a la tecnología que nos une y que ayuda a recomponer las pequeñas tristezas de la distancia.

Hoy voy también a celebrar la vida contigo. A reir recordándote que todas las emociones que conlleva tener a un bebé en brazos ahora ya las conoces tú también gracias a esa bendita criatura que habéis traído al mundo; ahora ya sabes que la emoción no tiene límite, que el corazón se ensancha y el aire nos viene lleno de vida porque basta perderse unos segundos en los ojos de esa criatura amada para sentirse intensamente feliz.

Ahora sé que entiendes y aceptas todas las “cursilerías” que os he expresado a vosotras, mis hijas queridas; ahora entiendes por qué tengo fotos vuestras y retratos por toda la casa, y sé que hoy también sonríes por tu fiesta y la de tu niña maravillosa y por la mía que es la misma, circular, profunda y silenciosa desde lo más hondo.

Mi amor como siempre, hasta el infinito y más allá.

Felices los felices.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

Ver Post >
Reflexión del lunes. Alicientes.
img
Cecilia Casado | 29-01-2018 | 8:22| 0

Atravesamos, no pocas veces, caminos poco transitados por la ilusión y carentes de estímulos que nos hagan fijar la vista fuera de las piedras del suelo, como si bastara con no tropezar con ellas para darle significado a toda una vida. Porque es fatigoso vivir en esa rutina de un día a día sin más horizonte que el merecido descanso al acabar la jornada. Ya sabemos todos de qué hablo.

Por eso doy tanta importancia a los alicientes, esas pequeñas pinceladas de color en el gris cotidiano, esos chispazos de energía que ayudan a despejar la modorra de la rutina que, para qué vamos a engañarnos, conforma el escenario continuo de nuestra puesta en escena vital.

No son pequeños retos –los alicientes- sino un incentivo que puede añadirse a lo habitual y conocido, un atractivo extra para aquello que tiene ya de por sí poco lustre. Esas secretas o ínfimas motivaciones añadidas para añadir un poco de combustible a la locomotora personal cuando pierde la fuerza o el empuje habitual.

Recuerdo mi vida laboral llena de alicientes: el privilegio de trabajar junto a un gran ventanal, con luz natural e incluso vistas agradables compensaba –de alguna manera- la frustración de tener que pelear por el reconocimiento de mi trabajo en un entorno masculino y discriminador. Otro aliciente fue las amistades que labré como consecuencia de mi trabajo con colaboradores externos, proveedores o clientes; trabajar con buena gente era todo un incentivo que no estaba incluido en el sueldo pero que supuso un empuje adicional cuando la moral se me venía abajo.

El aliciente de vivir en libertad sin dar cuentas a nadie me amparó de la depresión cuando comprobé que no estaba hecha para convivir en pareja, con o sin Libro de Familia de por medio. Y siempre fue para mí un gran atractivo educar a mis hijas según mis criterios –seguramente algunas veces equivocados- sin tener que pelear o discutir con un progenitor con ideas opuestas a las mías; de esa forma conseguí no sentirme desgraciada de ninguna manera por tener que sacar adelante un hogar monoparental.

Han pasado todos aquellos lustros de gusto y disgustos, de muchas luchas y menos victorias para dar paso al tramo de la vida en el que parece que tan sólo se puede “vivir de rentas”, sin proyectos, sin retos por cumplir, sin montañas por escalar…y sin alicientes.

Observo entristecida a demasiadas personas que, ya bien pasados los cincuenta, miran la vida con un prisma borroso y deslucido. Quizás porque la juventud se escapó sin remedio, quizás porque con ella se fueron ilusiones, sueños…y alicientes.

Tengo que confesar que a mí también me cuesta a veces proveerme de buenos alicientes para sonreir al espejo cada mañana. Tenía un stock bastante completo que se ha ido vaciando y que no sé cómo ni cuándo voy a poder reponer. Se me ha escapado el aliciente de los paseos por el monte con mi perro o el aliciente de los paseos por el monte con el amigo con quien los daba (ambos enfermos, ambos sin fuerza).

A fuerza de rebuscar en el cajón mental o emocional donde se supone que reposan esos alicientes, he dado un zapatazo algo rabioso y he decidido que “ya vendrán si tienen que venir”. Es decir, DEJAR DE BUSCAR PARA ENCONTRAR.

Uno de Enero de 2018. Una sorpresa llama a mi puerta…y la acojo. Mi vida da un golpe de timón, inflo las velas y dejo que el viento me empuje. Comienzo un nuevo trabajo existencial. Un nuevo aliciente en mi vida para ayudarme a crecer en forma de una persona querida que también necesita nuevos alicientes para su viaje.

Febrero/Marzo de 2018. Haré las maletas para realizar un viaje a India -sola, pero con otras mujeres viajeras-, con algunas paradas turísticas y otras dentro de la ruta del crecimiento personal y rematar con el festival Holi de bienvenida a la primavera. Un aliciente importante y emocionante aunque no sea la primera vez que viajo a ese país lleno de contrastes. (Varias semanas sin ordenador, casi nada)

La primavera ya es ciencia ficción para mí a pesar de que están en fila, esperando, nuevos alicientes vitales que ni siquiera yo misma he buscado, que llaman a la puerta –en forma de oportunidades de crecimiento- y a los que invito a pasar porque sé, soy muy consciente de ello, de que ya y para los restos, voy a ir sembrando mi biografía con todos los alicientes de los que sea capaz. Unos florecerán y otros se quedarán por el camino, pero todos ellos me van a ayudar a respirar mejor este aire de la vida que tantas veces se me torna irrespirable.

Soy consciente y responsable de lo que digo que voy a hacer y en absoluto he de criticar a quienes, estando cansados de vivir o enfermos de la vida, decidan apartar o erradicar cualquier aliciente de su biografía. Estar tranquilo, en paz y descansando de toda una vida de fatiga y esfuerzo también puede ser un gran aliciente.

Felices los felices.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

 

 

 

 

Ver Post >
Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.