Diario Vasco
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Reflexión del lunes. Calmar la mente
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Cecilia Casado | 15-01-2018 | 08:36| 15

 

Una de las señas de identidad que he mantenido durante unas cuantas décadas ha sido la de “vanagloriarme” de tener una mente vivaz; vivaz o despierta, ágil o comprometida, como esas personas que siempre están en varios frentes, rozando casi la hiperactividad. Saltando de la cama desde el punto de la mañana como impulsada por un resorte extraño –que no sentía como propio- que me empujaba a apurar la vida y el reloj, deprisa, deprisa, al trabajo y luego a todo lo demás: la organización de la intendencia familiar, el cuidado de las hijas, rascando cuando era posible una mísera hora diaria para algo muy necesario y personal como hacer yoga o leer o meditar sobre la inmortalidad del cangrejo. La vida más o menos vulgar y corriente de una mujer adulta casada y con hijos que intenta conciliar sus dos vidas, la personal y la profesional.

A este ritmo feroz –que todo me lo fue devorando- han transcurrido varias décadas de mi vida sin darme más cuartelillo que algunos paréntesis ociosos o vacacionales o cuando las defensas corporales bajaban como los pantanos por debajo de su mínimo necesario y se producía una especie de “sequía emocional” que afectaba a todo el “sistema de riego”. Conmociones y desbarajustes, rupturas y quebrantos, épocas horribilis y treguas suplicadas: es imposible mantener el ritmo de carrera sin sufrir luxaciones ni esguinces y en estos temas la mente y sus neuronas también tienen sus límites aunque no seamos demasiado conscientes de que las estamos poniendo a prueba.

Desde hace unos años a esta parte –y gracias a la prejubilación- mi ritmo vital (mental) ha bajado el pistón de forma descarada. Por necesidad, pero también por decisión deliberadamente tomada con absoluto convencimiento de la necesidad de “modificar la velocidad de crucero”.

Ahora voy por la vida con el paso mucho más pausado –incluso físicamente, ya no voy corriendo de aquí para allá- y me permito observar a mis congéneres cuando antes tan sólo estaba atenta a no pisar una baldosa medio suelta para no tropezar en mi andar atolondrado o demasiado veloz.

Ahí están mis amigas y amigos “en activo” con una agenda que echa humo buscando el hueco para relajarse entre tanta obligación y/o compromiso profesional y/o social. Todos los días de la semana con su cartel inamovible: los lunes esto y lo otro, los martes lo de más allá, para llegar al miércoles y su afán obligatorio, dando el salto al jueves intenso y agobiante para alcanzar el viernes, por fin, preludio de trabajos de fin de semana, de obligaciones familiares o compromisos ineludibles, arrastrándose hasta el colofón del domingo por la tarde, paradigma del sofá, mantita y series y coqueteando con el riesgo de cualquier debacle física y/o mental: un ictus, un infarto, una úlcera, un cólico, un cortocircuito en el “sistema de alumbrado”.

No parece muy práctico querer calmar la mente, quizás porque se vislumbra como un aprendizaje que se aparta del símbolo de la eficacia, como paso previo a la decrepitud del cuerpo, como desechos de la vida una vez que la vida se ha vuelto obsoleta en todos sus retos y sentidos. Sin embargo, esta es una fake news, algo que nos han hecho creer falsamente para no parar, para no aflojar, para llegar a la edad provecta siendo abuelos atómicos o profesionales que morirán con las botas puestas; un timo –como tantos otros- de quienes están más que muy interesados en que todo siga igual, al mismo ritmo frenético que impida pensar.

Porque esa es la madre del cordero: mientras se corre de aquí para allá intentando ganar dinero para comprar el próximo deseo que hay que pagar cash, no pensaremos. La mente no piensa en forma consciente cuando corre –bien lo saben los deportistas- tan sólo un piloto automático reptiliano sigue activado. Y eso es un arma de doble filo, me temo.

Ahora que puedo –y quiero- calmar mi mente me sumerjo en una nueva experiencia vital. Quizás me comprendan quienes hayan sentido la misma necesidad, y los que no, pues tampoco pasa nada…

Felices los felices.

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Sistema infalible de alarma
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Cecilia Casado | 12-01-2018 | 07:41| 11

 

La mente humana a veces se anticipa a cualquier tipo de tecnología por inventar. Esa es la conclusión que he sacado después de unos cuantos lustros de comprobar que hay un instinto animal que se mezcla con el orden neuronal y que sirve para avisarnos de más de un peligro al acecho, algo así como la capacidad de los animales de presentir los movimientos telúricos.

Le llamo el “sistema infalible de alarma” y –en mi caso- funciona como sigue. Imaginemos que he tomado una decisión de cualquier tipo, trascendental o en la superficie de las cosas, y que esa decisión tiene que llevarse a cabo en una fecha determinada. Sirve desde contraer matrimonio a cambiar de domicilio, desde una cita galante a un viaje en ciernes, cualquiera de las mil y un decisiones que nos vemos obligados a tomar a lo largo de la vida.

Pues puede ocurrir –y siempre me ha ocurrido cuando la decisión era manifiestamente errónea- que unos días antes de que tome carta de naturaleza en mi vida, me despierto de madrugada sacudida por una especie de descarga eléctrica (neuronal sin duda), bañada en sudor y desasosiego, presintiendo el “terremoto” que se me avecina si sigo adelante con lo previsto.

Así me ocurrió hace pocos meses cuando ya tenia apalabrada la venta de mi casa por la locura que me dio de querer mudarme a otra sin más necesidad que la emocional. Me desperté “sabiendo” que iba a cometer un grave error y, obviamente, cancelé el precontrato.

También sentí el mismo latigazo de alarma hace quince años, en vísperas de adquirir la moto que se me había metido entre ceja y ceja. No hice caso aquella vez y quise salirme con la mía. Su uso y disfrute fue mucho menos del esperado y acabó abruptamente en un gravísimo accidente –del que fui sujeto pasivo-que me tuvo fuera de la circulación durante cinco meses.

No es que sean premoniciones, ni mucho menos; es simplemente el sistema de alarma sencillo e infalible que traemos de serie y que no nos han enseñado a descifrar.

¿Quién no se ha despertado en mitad de la noche con una angustia indefinible en vísperas de un cambio vital? ¿A quién no le ha asaltado una pesadilla horrorosa justo cuando una decisión importante está dando vueltas por la cabeza?

Dirán que es la proyección del miedo, dirán que son los fantasmas del propio cerebro que se reflejan en imágenes; dirán lo que quieran, pero hay otra interpretación que también vale la pena tener en cuenta.

¿No existe la alarma anti-humo que funciona a la perfección en cuanto un par de personas se fuman a la vez un cigarrillo en una habitación de hotel? Esos sensores increíbles, que pueden desencadenar un pequeño diluvio, porque están programados para decidir que donde hay humo también hay fuego…

Esos sensores también existen en nuestra mente… ¿alguien lo duda?

Sirven para anular una boda aunque ya hayan sido enviadas las invitaciones, para rechazar una oferta de trabajo en apariencia demasiado ventajosa, para alejarse a la carrera de una persona que pretende meterse en nuestra vida dándonos mala espina entre las rosas de un ramo.

Esos sensores detectan infaliblemente la toxicidad de ciertas personas y suenan, lanzan llamadas de alarma imposibles de ignorar, por más que nos empeñemos –demasiadas veces- en hacer caso omiso o pensar que el sistema ha saltado erróneamente.

Suena la alarma cada vez que se pilla mintiendo a alguien en quien se confiaba, cuando se recibe una puñalada trapera de un familiar, cuando se agarra la maleta y se sale huyendo de una situación que debería ser gestionada mediante el diálogo. Saltan luces y sirenas cuando la persona que dice querernos demuestra con sus actos lo opuesto a lo que dicen sus palabras.

Esa “alarma” está dotada de la mejor “tecnología” que existe en el mundo…y cada uno somos dueños indiscutibles de su patente. Usarla en el propio beneficio o no, esa ya es otra cuestión…

Felices los felices.

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Ventajas de la soltería.
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Cecilia Casado | 10-01-2018 | 07:32| 12
 
“Tengo 65 años y estoy felizmente soltero. Mi casa está tal y como me gusta, como lo que se me antoja, voy adonde quiero, veo las películas que me apetecen y nunca tengo que preocuparme por si he hecho algo mal”. Ricky B.
Este párrafo lo he entresacado de una encuesta norteamericana sobre las ventajas de la soltería. Lo destaco aquí porque es el único testimonio de un varón entre una decena de mujeres que opinan sobre el tema.
No vamos a descubrir la pólvora si afirmamos que el hombre es mucho más proclive a vivir emparejado que la propia mujer; por interés y por condicionamiento social los hombres saben –y bien que lo saben- que son más valorados en ciertos puestos de trabajo si están casados que si no lo están. Curiosamente, esa normativa tácita es absolutamente la inversa cuando de una mujer profesional se trata: molan más las solteras o las que aseguran que no piensan en la maternidad.
“Estoy siempre disponible cuando me necesito a mí misma; nada de esperar a que se me presente otra persona. Puedo cubrir mis propias espaldas las 24 horas del día, 7 días a la semana, 365 días al año.”  Dina Strada.
Digamos que al hombre se le educa –en su casa y fuera de su casa- para “tener” una mujer y “fundar” una familia. Digamos también que a la mujer se le educa –en su casa y en todas partes- para ser la benefactora/criada del hombre y la familia bajo el eufemismo de “realizarse como mujer y como madre”.
Pero el caso es que los tiempos van cambiando y no solamente para mal como nos muestran los políticos continuamente. Van cambiando porque ha ido abriéndose una brecha generacional que aboga por la idea -y la lleva a la práctica- de mantenerse solteros, indiferentes a las voces alarmistas de que la demografía y la caja de las pensiones hay que alimentarlas. Y nos cuentan que las ventajas de permanecer soltero –o de quedarse soltero para los restos después de un divorcio- son muchas tirando a muchísimas.
“Estando soltera puedo invertir toda mi atención y energía en mi carrera profesional, en cumplir mis sueños y en convertirme en la mejor versión de mí misma.” Angela Caerlang.
Sobre todo para las mujeres, que no se sabe de dónde hemos sacado esa capacidad que tenemos para desenvolvernos entre las vicisitudes de la vida con mucho mayor acierto y seguridad que la mayoría de los hombres. Y para quienes han tomado conciencia total y absoluta de que el hecho de casarse/vivir en pareja exige un peaje altísimo que solo se puede pagar con una moneda de lo menos común: el amor. Y es por ello que se intenta salir adelante enarbolando conceptos que la sociedad patrocina para que todo siga igual y se sigan formando familias aunque luego se demuestre que no son más que núcleos disidentes los unos de los otros. (De las familias felices hablaremos poco, más que nada porque andan por ahí desperdigadas y no suelen querer contestar a las encuestas y porque, como decía Tolstoi, “todas las familias felices se parecen”.)
“Estar soltera después de una década de matrimonio fue aterrador al principio, pero ahora me alegro. Muchas mujeres que se casan a los veintipico años, jamás llegan a vivir la vida por su cuenta (y yo me incluyo). Ahora me he dado cuenta de lo valioso que es este tiempo. Puedo reordenarme las ideas, los sueños y las prioridades. Llevo la batuta de mi vida. La soltería te proporciona una autonomía que nada más es capaz de darte.” Katie Mitchel
Llevo soltera más de veinte años, después de haber probado las mieles matrimoniales en dos ocasiones…así que sé a qué precio está el percal. Comprendo ahora –porque de mis errores he aprendido- cuáles fueron los motivos por los que creí que la única vía emocional y social de realizarme como persona y como mujer era el matrimonio. Toda la sociología, la antropología y la psicología de los últimos lustros nos ha aclarado los intríngulis de las motivaciones que llevan al ser humano a emparejarse frente a la Ley… y eso tiene su peso.
Pero cuando te casas no te detallan los “efectos secundarios” en un prospecto como están obligadas a hacer las farmacéuticas; el casorio “cura” algunas cosas y “estropea” otras y hay que haber pasado por ese estrecho pasillo para darse cuenta de lo bien manipulados que hemos estado durante décadas. Porque lo que no es amor es interés y hombres y mujeres hemos puesto en la balanza lo que nos sumaba y lo que nos restaba de esa situación y…cada uno ha tomado sus propias decisiones “interesadas”.
Resumiendo: que “a quien Dios se la dé san Pedro se la bendiga” y a los solteros felices y contentos que no nos importe que nos miren a veces como si nos faltara algo… que nosotros sabemos dónde está escondido el tesoro que ilumina nuestros días.
Felices los felices.
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Reflexión del lunes. La versión del otro
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Cecilia Casado | 08-01-2018 | 07:54| 10

 

Qué gran verdad es que cuando ocurre un desencuentro entre dos personas cada una de ellas enarbola su particular perspectiva como si una lanza fuera para atacar y derribar al oponente sin considerar –porque en los desencuentros abunda la falta de consideración- las razones del otro, la óptica del otro, la versión que hay al otro lado.

Cuando soy sujeto activo o pasivo de estas situaciones suelo salir mal parada casi por definición. Si me siento ofendida seguro que no he tenido en cuenta que quizás fui yo misma quien tiró la primera piedra aunque tal hecho se haya difuminado en el tiempo de mi memoria. Ni se me va a ocurrir entonces darle un margen a la otra persona para que, ella también, actualice sus ofensas –y sus defensas- y pueda sacar a relucir el comportamiento incorrecto del que ha sido objeto por mi parte. Los desacuerdos son eso precisamente, falta de acuerdo sobre un tema común en el que cada persona agarra la soga por un extremo y tira y tira con toda la fuerza posible para hacer caer al que está al otro extremo sujetándola.

Vivo un tiempo ahora con muy pocos desacuerdos personales en lo general; no mantengo abierto casi ningún frente por disparidad de opiniones o acaso irreconciliables éstas. Quizás es que las ganas de pelearme se me han atemperado con los años –qué duda cabe, el alma se serena irremediablemente- y ya me importa un ardite tener la razón, siendo ésta para mí una especie de entelequia que idealicé algún día y ahora ya apenas me atrae. La razón. La verdad. Qué cosas…

Pero cuando veo las peleas, malestares, disgustos y desencuentros que otras personas se empeñan en propiciar pretendiendo meterme en medio de su lucha absurda y surrealista, ego contra ego, a muerte, para llevarse el gato al agua o la razón a su cama para dormir con ella, no dejo pasar el testigo, lo recojo, y lo agarro el tiempo suficiente para darme cuenta de qué especie de juego tan pernicioso, doloroso y sobre todo estéril han decidido invitarme a jugar. Esos juegos en los que cualquier victoria es pírrica, esas luchas en las que independientemente de quien se suba al podio, todos han perdido.

Una pelea en un divorcio o separación es un paradigma de esta situación. O una separación entre padres e hijos que no deja de ser un desacuerdo terrible para ambas partes. Los padres y los hijos; las madres y las hijas. Cuánto derribo innecesario, cuánto abuso de poder.

Recuerdo a mi padre, sentado en su despacho, dándome la charla por algo que yo había hecho mal a juicio de la familia, de los usos y costumbres, pisoteando normas que me negaba a acatar. Recuerdo mis intentos de defenderme, de esgrimir razones, de explicar los motivos y los sentires, de hacer valer mi voz y mi palabra tanto como se me exigía a mí respetar la suya, la del pater familias… Y ese “tú te callas, estás equivocada, no quiero oirte rechistar” y el colofón abusador, aquel bestial “cuando seas padre comerás huevos”.

 Mis ideas, mis pensamientos contra los del otro, según quién sea ese “otro”, no valen nada si me callan la boca, si me quitan el derecho a defender mi dignidad, a ejercer mi libertad. Y entonces ocurre que quien tiene la sartén por el mango hace patente el abuso arrojando al otro del campo de juego –ya convertido en campo de batalla- y le dice algo así como: “vete de aquí, no te aguanto ni te acepto, fuera de mi vida, tarjeta roja”.

Y el otro recoge su hatillo de cariño e ilusiones y se va, claro que se va, -como me fui yo cuando me echaron de casa con veintiún años por no agachar la cabeza-, para descubrir entre llanto y desconcierto que no era una víctima en absoluto de la situación, sino la culpable, la responsable de haber abierto fisuras en la familia por no “atender a razones”, por crear tensiones, por promover problemas. La versión del otro, si ese otro es más grande o más fuerte que uno mismo, es la única que quedará con el paso del tiempo. Porque también en el ámbito doméstico la historia la escriben los vencedores…

Por eso es tan importante, en toda situación, escuchar la versión de las dos partes, respetar la opinión del otro, callar y reflexionar antes de tomar partido por el que más grita o vocifera, por quien se da golpes en el pecho diciéndose ofendido cuando puede ser que esa no sea más que la estrategia para distraer la opinión de su propia falta de amor, de generosidad, de humanidad.

La versión del otro. Un trabajo de Hércules. Menudo aprendizaje de urgencia…

Felices los felices.

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Al rico propósito de Año Nuevo…
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Cecilia Casado | 05-01-2018 | 08:19| 16

Lista de propósitos más comunes para el Año Nuevo (y que para Semana Santa forman parte del baúl de los recuerdos)

1.- Ponerse a dieta. ¡JA! Pero vamos a ver: ¿acaso no necesitamos la comida rica, abundante, hipercalórica o sabrosa de verdad para mantenernos dentro de nuestra tranquilidad y equilibrio personal y social? Que si te pones a dieta se acabó la vida social, las comidas con la peña, las copas de vez en cuando, el pintxo pote de los jueves y el chocolate quitapenas. Pues eso, menos tonterías y sacrificios estériles y más alegría para el cuerpo.

2.- Dejar de fumar. Que no, que si fumas porque te gusta y las toses matutinas son aguantables, déjalo estar. Fumar es un placer donde los haya (lo dice una que ha fumado durante más de treinta años) y si algún día se tira el mechero para siempre no será un uno de Enero, faltaría más, con lo bien que viene el tabaco para calmar los nervios, para disimular cuando nuestra cita se retrasa, para echar humo real por la boca en vez de humo figurado por las neuronas. Tengo una amiga que lleva ocho años “dejando de fumar”. Qué frustración, por dios, y ella lo sigue intentando…

3.- Aprender inglés. Pues como que tampoco. Los idiomas se aprenden de pequeños, en el tiempo escolar; a estas alturas de la película es un esfuerzo de titanes ponerse con los libros otra vez –con casi cualquier tipo de estudio- y si no vas a irte a vivir a un país de habla anglosajona mejor no perder el tiempo, el dinero y la paciencia. Además…si hoy en día ya habla español medio mundo, qué más da…

4.- Romper con fulanito (o fulanita).- Aquí ya empezamos a hablar en serio, esto no es asunto baladí y entra en juego la autoestima, la supervivencia (anímica) y muchas cosas importantes más. Cuando de cortar una relación tóxica o poco amable se trata, no hay que andarse con remilgos ni contemplaciones. (Argumento: no me pongo a dieta, ni dejo de fumar, ni aprenderé inglés, pero lo que es…con “x” no vuelvo a ir ni a la esquina a robar pasteles. ¡Por éstas que son cruces!)

5.- Ir al gimnasio. Bueno, el aburrimiento donde los haya, no adelgazarás ni cincuenta gramos en tres meses. Eso sí, se te pondrán los brazos como barras de hierro (importante para llevar más peso en las bolsas de la compra), las piernas como piedras (eso no sé para qué sirve) y podrás pasárselo por el morro a las amigas que están tan felices sin masoquismos innecesarios… Bueno, vale, es sano hacer ejercicio, pero para eso no hace falta ponerse mallas ni hacer máquinas escuchando una música atronadora que te puede volver loco. Ahí está la naturaleza, el monte, tus piernas y no hace falta más. (Y gratis, que se me olvidaba decirlo) El gimnasio sirve para lo que sirve: para ligar o alimentar la vanidad. No hablo de deportistas profesionales ni de personas que viven de su cuerpo, que ese es otro tema.

6.- Hacer el soñado viaje a Egipto. (O a Nueva York, o a las Rías Bajas). Solemos decir: “de este año no pasa” y eso que sabemos que es el viaje de nuestra vida y llevamos SIGLOS soñando con él, pero ya se sabe: que si es muy caro, que si no nos coinciden las vacaciones, que si con quién dejamos al perro, que si no es buen momento para pedir otro crédito…

Y se me ocurren unos cuantos motivos más de propósitos comunes y corrientes que todos hemos formulado algún treinta y uno de Diciembre y que hemos desechado –como tonterías inalcanzables- antes del treinta y uno de enero…pero sin comentarlo con nadie.

Así que ya hace muchos años que dejé de empeñarme en “misiones imposibles”. Excepto el punto “4”, que me parece vital, el resto lo he ido soslayando sin remordimiento alguno y tan sólo puedo decir que dejé de fumar un mes de julio y que no me pongo retos “sociales” para quedar bien conmigo misma. Ya me gusto lo bastante como soy en estos momentos. Aunque también voy a intentar sacarles chispas a las ruedas de mi maleta…

El único propósito para el Año Nuevo es seguir siendo igual de consciente -o un poquito más aunque me cueste un congo- que este año que se acaba. Con eso me basta para darme el aprobado como ser humano…

Felices los felices.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.