Diario Vasco
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Fecha: enero, 2018
La revolución de los nombres. Bayona en 1794
Carlos Rilova 29-01-2018 | 12:31 | 0

Por Carlos Rilova Jericó

alegoria-del-mes-de-floreal-por-loyuis-lafitte-synebrichoffin-taidemuseoiEste nuevo correo de la historia surgió, como tantos otros, de horas pasadas en los archivos. En este caso en el de Bayona. Llegué a él el sábado 13 de enero de 2018 acompañado por Aritz Irazusta, un reconocido (pese a su juventud) reconstructor histórico. El objetivo de esa visita, a petición de él, era revisar las notas manuscritas del erudito bayonés Édouard Ducéré para averiguar, o más bien confirmar, algunos datos sobre el uniforme de la llamada Guardia de Honor vasca que el mariscal Murat recogió en esta localidad laburdina, de camino a España, en el año 1808.

Revisando, con no poca dificultad, el legajo CGM 245, que contenía esas notas de Ducéré (yo creía tener mala letra, pero descubrí que había eméritos historiadores que la tenían aún peor), encontramos también una lista de nombres extraída de los registros de nacimientos en Bayona durante el período de la revolución de 1789.

Los nombres correspondían a los años II y III de la República francesa, una e indivisible. Es decir, a los momentos álgidos, más extremistas, de ese hecho histórico, donde ya las soluciones templadas -como una monarquía constitucional de estilo británico- han sido desplazadas por las propuestas más radicales.

Entre otras la de acabar con la aristocracia, declarándola una especie de raza maldita y a exterminar totalmente, abolir la monarquía considerándola una forma de esclavitud y muchas otras medidas como la desacralización de iglesias, el sometimiento del culto católico a la dirección del Estado, obligando a los sacerdotes a jurar fidelidad a la nueva república, más un largo etcétera en el que también entraba la abolición o el cambio de ciertos nombres, para demostrar así mejor cómo las cosas estaban cambiando en la Francia revolucionaria.

No es ningún secreto cómo en esa provincia de Laburdi, y otras, se cambió el nombre tradicional a ciertas localidades (especialmente si aludía a un santo) sustituyéndolo por nombres de eminentes revolucionarios o, en el mejor de los casos, de personajes considerados precursores de la revolución.

Todo eso se ha contado ya, por ejemplo, en Historias del País Vasco como la que ya hace más de tres décadas publicó la editorial donostiarra Txertoa.

De esa tormenta revolucionaria sobre los patronímicos, no quedaron libres ni siquiera los nombres de los meses del año ni los días de la semana, que pasaron de siete a diez y dejaron de ser llamados por sus nombres tradicionales de Lunes, Martes, etc…

Los nombres de los recién nacidos, como demostraban las notas conservadas en el legajo CGM 245, tampoco se librarían de esa visceral reacción contra el Antiguo Régimen.

Así nos encontramos con que el 3 de Nivoso del año II (finales de diciembre de 1794) una niña bayonesa fue bautizada (o sería más exacto decir nombrada) como Republicana Victoria Sans Culotte…

El 4 de Pluvioso de ese año II (finales de enero de 1794) el nombre elegido para el -según parece- neonato, era, simplemente, “Sans Culotte”.

El 8 de Ventoso del año II (finales de febrero de 1794) encontramos un caso un tanto ambiguo. Al parecer los padres del niño no querían entrar en el juego revolucionario y lo nombraron (según traduzco directamente del francés) Salvador Jacinto…

Sin embargo, debe tenerse en cuenta que, por un lado, uno de los más comprometidos extremistas de la revolución de 1789, Hébert, editor de “Le Père Duchesne”, el periódico que leía el bajo pueblo parisino, proclamaba, a menudo que Jesucristo (el Salvador), había sido el primer “sans culotte”. Por otra parte, el calendario revolucionario había suprimido los nombres de santos de cada uno de los días del mes, dedicando cada uno de los días a una flor, una planta, un animal, un mineral o una herramienta. Así, el día 9 del mes de Floreal (del 20 de abril al 19 de mayo) estaba dedicado, precisamente, al Jacinto…

Quizás esta denominación relativamente discreta fue un modo, por parte de los padres de Salvador Jacinto, de, como se suele decir, nadar entre ambas aguas, sin comprometerse con un bando o con el otro…

El 8 de Germinal del año II (finales de marzo de 1794), el nombre elegido era Jonquille (es decir, Junquillo) que era el elemento elegido para consagrar el día 8 de ese mes, que coincide con los días 21 de marzo a 19 de abril. Un bonito nombre, si se quiere ver así, ya que con el junquillo se hacía perfume o se trataba de combatir las famosas “miasmas pútridas”. El mal olor al que se achacaba, no sin razón, el origen de las temidas epidemias que arrasaban las pirámides de población de la Europa preindustrial.

Otros padres, no dudaban en ser más militantes. Ese es el caso de los de Philipinne Montagnarde (traducido Filipina Montañesa), que la bautizaban así el 26 de Fructidor del año II (mediados de septiembre de final de 1794 y comienzo de 1795), dejando claro, al menos con el segundo nombre de su hija, que estaban a favor de la Montaña. La facción más revolucionaria del Parlamento de París.

En el año III de la república francesa una e indivisible todavía hay algunos padres que, tal vez, aún creían en los valores revolucionarios más o menos moderados. Algo bastante digno de elogio en unos momentos en los que el Terror revolucionario llegaba a su punto más alto.

Ese parece haber sido el caso de los padres del niño nacido (o más bien bautizado o nombrado) el 23 de Germinal de ese año III (mediados de abril de 1795), al que se le puso el nombre de Franklin. En honor, evidentemente, a Benjamin Franklin. Uno de los primeros embajadores enviados a París por los revolucionarios norteamericanos de 1776 que inspirarían los comienzos de la revolución francesa de 1789…

Por supuesto, podríamos seguir durante hojas y más hojas hablando de esta curiosa revolución de los nombres pero, como suele ser habitual, una pequeña muestra ya suele ser bastante.

No cabe duda, desde luego, de que en Bayona, entre 1794 y 1795, prácticamente todos los nacidos, de mejor o peor gana, recibían nombres adecuadamente revolucionarios, que así también proclamaban la firme voluntad -incluso en el extremo Sur de la nueva República- de instaurar un nuevo régimen que acabase con lo que había existido hasta 1789.

Como lección de Historia sobre ese importante tema, creo que no es poca cosa.

 

 

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“La tricolor española ondea sobre Berlín”. Historia, Ucronía y un ciclo de conferencias
Carlos Rilova 22-01-2018 | 12:29 | 3

Por Carlos Rilova Jericó

division-9Esta semana, este correo de la Historia vuelve sobre un tema en el que ya ha abundado alguna que otra vez. Es decir, el de las ucronías o historias contrafácticas. Un género cultivado, sobre todo, desde la Literatura, pero también desde prestigiosos nombres de la Historia profesional. Como sería el caso del profesor Niall Ferguson.

Todo esto, la Ucronía, la Historia contrafactual o alterna, tiene como denominador común la reflexión -con mayor o menor abundancia de Literatura- sobre esa pregunta que suele obsesionar al ser humano, tanto a nivel personal como colectivo: “¿qué hubiera pasado si…?”.

De eso, gracias -entre otros factores- al apoyo del IEEE de Madrid y a la hospitalidad de Kutxabank, vamos a hablar este jueves 25 en la planta cuarta del edificio Tabakalera de San Sebastián, a las siete de la tarde.

Lo harán socios de la Asociación de historiadores “Miguel de Aranburu” como el doctor Jorge Garris Mozota e invitados habituales de ella, como el especialista irundarra Fernando Insausti. Con esas conferencias daremos inicio a un esperado ciclo sobre la Guerra Civil, la Segunda Guerra Mundial y el Mundo posterior a ese conflicto que, al ritmo de una por mes (hasta el 28 de junio) tratarán de aspectos tan diversos como la Guerra Fría o la situación a la que nos enfrentamos hoy día, tras la caída de los regímenes soviéticos y la fragmentación del poder mundial entre varias potencias.

Pero el ciclo empezará así. Examinando qué fue la Segunda Guerra Mundial (el antecedente próximo de todo lo que nos afecta hoy día) y cómo podría haber evolucionado el Mundo si las cosas hubieran sido de modo distinto.

Personalmente, lo reconozco, a fecha de hoy, lunes 22 de enero de 2018, no sé con toda exactitud, el contenido de la intervención del doctor Jorge Garris, que tratará, precisamente, de eso. De qué hubiera pasado de ser otro el resultado de la Segunda Guerra Mundial.

Sólo sé que esas historias alternas sobre la Segunda Guerra Mundial y, sobre todo, acerca de su antecedente más cercano (la Guerra Civil española) son un tema aún poco -y mal- desarrollado en nuestro país y que, por lo tanto, merece la atención que le prestaremos el día 25 y hoy mismo.

Así, por ejemplo, en “Historia virtual”, la obra colectiva dirigida por el ya mencionado profesor Niall Ferguson, se revela un aspecto verdaderamente curioso de la mentalidad colectiva española actual, de eso que se ha llamado “la España de la Transición”. En la que, según parece, aún seguimos.

En efecto, el capítulo dedicado a imaginar qué hubiera pasado en la España de 1936 si las cosas hubieran sido distintas, es de una timidez extraordinaria. Como si su autor, el catedrático Santos Juliá, no se atreviera siquiera a imaginar una derrota del Ejército sublevado, prefiriendo dejar las cosas en un “¿qué hubiera pasado si…?”, en este caso no hubiera habido sublevación militar el 18 de julio de 1936.

Otro tanto ocurre en la “Historia virtual de España (1870-2004)”, dirigida por el profesor Nigel Townson. Ni él ni, otra vez, Santos Juliá, se atreven a imaginar en sus respectivos capítulos una España con una Guerra Civil ganada por el gobierno legítimo de 1936. Algo que, indudablemente, hubiera llevado a ese país, de cabeza, a la Segunda Guerra Mundial en el bando aliado y, finalmente, vencedor en 1945.

En la Literatura específicamente ucrónica elaborada en España sobre ese tema, los resultados son, cuando menos, peregrinos, quedando siempre el gobierno de 1936 en esas novelas o relatos como el gran perdedor ¡Incluso ganando la guerra a los sublevados!…

Todo eso, síntoma de una Historiografía deficitaria al servicio de una sociedad aún traumatizada por la Guerra Civil que estallo hace 81 años, quizás, hace necesario que, como invitación a acudir al ciclo que inauguramos este día 25 en Tabakalera, plantee en este nuevo correo de la Historia una propuesta audaz que ya he perpetrado tanto como autor -en un anterior correo de la Historia- como a título de editor independiente con “La Tercera República”. Acaso la única ucronía española en la que la República vence en 1939 y no por ello se desencadena ninguna catástrofe para España. Como la imposición de una dictadura prosoviética o el lanzamiento sobre Burgos de la primera bomba atómica.

Así pues, como parte de esa invitación al ciclo que iniciamos este jueves en Tabakalera, me adentraré, a partir de aquí, en el terreno de la Historia y la Literatura contrafactual sobre la Guerra Civil y la participación española en la Segunda Guerra Mundial. Abordándola desde unos parámetros en los que, de momento, obras como “La Tercera República”, la página de historias alternas de la Wikipedia o relatos de Historia contrafáctica como el que acompaña a este artículo, son tan sólo una inquietante excepción…

“Extractos del libro Del Día-D a las afueras de Berlín. El Séptimo Ejército español en la II Guerra Mundial, del profesor Carlos Nicolás Citadin. (Edición de la obra original en español por la Harvard University Press. Cambridge (Mass.), 2016).

Capítulo 12. “Era un mar de escombros.

Para el inicio de este capítulo tomo una frase recogida del libro de memorias del capitán Ángel Domínguez, que fue publicado en 1965 -en el 20º aniversario de la toma del Berlín nazi- por las Prensas Universitarias Españolas en Madrid. Se trata -como sabrán quienes hayan leído ese documento- del relato de un militar profesional. Un veterano de la Segunda Guerra de Independencia española, con mucha Escuela de Guerra detrás y con unos conocimientos de Historia ávidos, enciclopédicos. A pesar de haber dedicado la mayor parte de su vida tan sólo al ejercicio de su profesión militar.

Esto hace a Domínguez un testigo de excepción de los acontecimientos ocurridos en Berlín a finales del invierno de 1945. El capitán Domínguez, autor de algunas pequeñas obras sobre las guerras napoleónicas y sobre la Segunda Guerra de Independencia española (la, a veces, designada más popularmente como “la del 36” o “Guerra Civil española”) es perfectamente consciente del momento histórico que está viviendo en esos momentos. Como historiador, como protagonista y como testigo de los hechos.

Su descripción del Berlín de 1945 es somera, pero exacta. La capital del Tercer Reich en los momentos en los que es alcanzada por las vanguardias del Séptimo Ejército español -del que Domínguez forma parte con la brigada mixta “Gaspar de Jauregui”- es, en efecto, un inmenso mar de escombros.

El capitán es consciente, también, de que el Ejército español ha recibido un honor nada común: el de formar parte de la vanguardia aliada que, convergiendo con las líneas del Ejército soviético que avanzan desde el Nordeste sobre Berlín, cerraría la tenaza sobre la capital de Hitler. Poniendo así fin a la Segunda Guerra Mundial en Europa.

En efecto, las tropas españolas fueron autorizadas, en esas semanas del fin del invierno de 1945, a poner en marcha la “Operación Mendizabal” sólo de manera excepcional y después de tensas discusiones entre el Alto Mando aliado acerca de cómo repartir los honores del último golpe contra el régimen nazi. Quienes hayan leído los trabajos de Antony Beevor sobre este período, ya sabrán de los celos de prima donna que el mariscal Montgomery proyectaba sobre el resto de generales aliados.

“Monty”, por razones distintas, estaba especialmente celoso de Patton y del general Vicente Rojo. Del primero tanto por su genio estratégico como por lo opuesto de sus respectivos caracteres. Del segundo no tanto por cuestiones de carácter (dada la amabilidad y bonhomía características de Rojo), como por el hecho de que el general español hubiera sido el primero en derrotar a las tropas nazis y fascistas sobre el campo de batalla, durante la exitosa ofensiva del Ebro y la Campaña Vasca en el verano de 1938. Eso, precisamente, es lo que llevó a Eisenhower (persuadido por Bradley) a conceder a los españoles -al menos a su Séptimo Ejército- el honor de ser las primeras -y únicas- tropas de los aliados occidentales que tomasen el sector Oeste de Berlín. Estableciendo la primera línea de demarcación frente a los soviéticos, de la que luego surgiría el tristemente famoso (y hoy derruido) “Muro de Berlín”.

A partir de ahí, el capitán Ángel Domínguez y los demás hombres de la vanguardia del Séptimo Ejército, se enfrentan a escenas dantescas. Berlín apenas tiene ya calles. Los bombardeos de aniquilación y represalia ejercidos por la RAF, la USAAF y la FARE, han arrasado todo Berlín. Si algo ha quedado en pie, ha sido borrado -días, horas, antes de que los españoles entren en la ciudad- por la Artillería de campaña soviética, que ha piloneado la capital nazi desde el Este, a medida que avanza sobre ella. Entre ese mar de escombros, los vehículos de la brigada de Domínguez, deben abrirse paso en combates callejeros que, como dice el capitán, le “Recuerdan a una especie de Sitios de Zaragoza a la inversa”.

Ante él, desde luego, no están los patriotas españoles de 1808, sino los últimos fanáticos nazis. Las Juventudes hitlerianas y los SS, acompañados de la cochambrosa Volkssturm (compuesta de carne de cañón integrada por mutilados y hombres de edad demasiado precoz o avanzada para ser movilizados) y por integrantes de la mermada Legión Azul española, formada por un proscrito Francisco Franco que -sólo in extremis- había conseguido en 1938 escapar de la derrota y un previsible fusilamiento gracias a la “Operación Dynamo”. Organizada en marzo de 1939 por la Kriegsmarine nazi para evacuar, por los puertos de Bilbao y Pasajes, a los restos del ejército sublevado contra el gobierno español en 1936. Algo, ese encuentro con el viejo enemigo, que abre viejas heridas entre las filas del Séptimo Ejército español, trayendo ecos de la “guerra del 36”…

El capitán Domínguez y otras fuentes no ocultan las ejecuciones sumarias que algunos hombres del Séptimo Ejército ejercerán sobre los miembros de la Legión Azul. A pesar de que se han rendido… No podemos ignorar, sin embargo, que el mismo Domínguez y muchos otros oficiales españoles paralizarán en seco esos desmanes.

Especialmente elocuentes son las palabras del propio Domínguez, que tendrá que apuntar su carabina M-1 -aún humeante tras el combate frente a un grupo de SS, piso a piso, en una casa de Unter den Linden- contra uno de sus propios hombres que estaba a punto de matar a un jefe de escuadra de la Falange española capturado en el último piso de esa casa con la munición agotada: “le dije al cabo, lo recuerdo muy bien, aunque como en un sueño: “quieto o te abraso. Nosotros no somos como esta gentuza ¿Qué buscas? ¿Otro Paracuellos?”.

A partir de ahí, las memorias del capitán Domínguez se adentran en el terreno de la Épica, al recordar los últimos combates en torno a las escalinatas de la Cancillería del Reich. Con los hombres del Séptimo Ejército parapetados tras sus vehículos blindados, agotando cargador tras cargador de la munición de sus M-1 americanas contra las filas de uniformes negros de los SS que defendían ese último reducto y cargarán a la desesperada contra los blindados y semiorugas españoles entonando el Horst Wessel Lied. Todo ello en un esfuerzo tan inútil como estúpidamente melodramático (muy en la línea habitual del Tercer Reich) por romper una formación que ya les superaba en una proporción de cinco a uno.

Más adelante, como ya sabemos por otras fuentes, esa épica se mezclará con la más simple Política. Cuando Manuel Azaña y el presidente Juan Negrín acudan a Berlín para celebrar los preliminares de la fundación de la ONU -organizando, in situ, la futura Conferencia de Madrid- y remeden, ante una nube de fotógrafos oficiales de todo el Mundo, el momento en el que el capitán Ángel Domínguez y un grupo de cinco hombres tomaron la azotea de la Cancillería y alzaron sobre ella la bandera tricolor española en un acto cargado de un enorme simbolismo. Uno que, todavía hoy, más de sesenta años después, es todo un icono de la Historia de la Segunda Guerra Mundial y del comienzo de la Guerra Fría. Pues, como no pasó en absoluto desapercibido, en el acto estaban Eisenhower y Churchill, pero ningún delegado soviético, dejando así claro el disgusto de la URSS por la evolución política española a partir de 1938 (…)”.

 

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Un mito histórico perdurable: la “guerrilla” española (1808-2018)
Carlos Rilova 15-01-2018 | 12:30 | 0

Por Carlos Rilova Jericó

albert-uriet-para-el-napoleon-de-louis-bertrand-mame-et-fils-circa-1930-2Como todas las semanas, me ha costado casi cinco días dar con un tema con el que llenar estas páginas una vez más.

La inspiración esta vez me cogió, también una vez más, trabajando. Andaba revisando expedientes en un archivo, cuando de repente di con una de esas vidas de novela que, sin embargo, son absolutamente reales. Tal y como lo atestiguan documentos como esos. Donde uno se encuentra de todo. Desde hojas de servicio militar, hasta correspondencia familiar, pasando por cartas de personajes ilustres y bien conocidos que, sin embargo, se estaban limitando -cuando redactaban esas misivas- a actuar como personas comunes y corrientes que ni siquiera sabían si pasarían a la posteridad.

Me llamó la atención que el protagonista de este expediente, un alto mando del Ejército patriota que luchaba en el Norte de España entre 1808 y 1814, fuera definido como “guerrillero” por la posteridad que fichó su expediente para archivarlo…

Así, cuanto más me adentró en ese continente histórico que son las guerras napoleónicas (un lugar en el que perderse de por vida), me queda cada vez más claro que, en el campo de la Historia, cosas absolutamente irreales, acaban con mucha frecuencia convirtiéndose -a medida que pasan los años- en una especie de verdades absolutas que es muy difícil desalojar de la imaginación colectiva.

Este es el caso de estos supuestos “guerrilleros” españoles, que habrían luchado contra el mejor Ejército del Mundo entre la primera y segunda década del siglo XIX (el napoleónico) y, así, inconcusa y sorprendentemente, lo habrían derrotado.

Sé que no es la primera vez que hablo aquí (y en otros lugares) de este tema. Y probablemente ésta tampoco será la última. Pero es que, cada poco tiempo, parece que sea necesario volver a hablar del tema. A negar que los “guerrilleros” fueron los que derrotaron a Napoleón en España.

Esas más que menos imaginarias guerrillas, pudieron existir, a lo sumo, durante un par de años después de que se declarase la guerra entre Napoleón y la Regencia española. Esa institución que se negaba a reconocer las abdicaciones de Bayona y aglutinó en torno a ella al resto de ciudadanos que también se negaban a aceptar -por distintas razones- ese cambio de dinastía en España.

Para el año 1810, la mayoría de esas unidades irregulares, esas guerrillas, han descubierto varias cosas. Lo primero que, con o sin patente de corso terrestre expedida por la Regencia y otras autoridades patriotas, son unidades inoperantes desde el punto de vista militar. Uno de los primeros en darse cuenta, fue el célebre Gaspar de Jauregui. El pastor que llegaría a mariscal, como lo describió el padre Lasa, uno de sus biógrafos.

En 1810 Jauregui y sus escasos guerrilleros constatan, por escrito (quedando así también conservado en un archivo), que su pequeño grupo, operando en las montañas entre Guipúzcoa y Navarra, no está consiguiendo desgastar, de manera eficaz, a las tropas napoleónicas que tienen ocupado lo mejor de ese territorio.

Esa sensación es la misma que tienen la Regencia y demás cabezas pensantes que tratan de coordinar la resistencia contra la invasión napoleónica. Así, en 1810, se hace preciso reorganizar todas esas unidades surgidas de manera improvisada, dotarlas de uniformidad, de oficialidad profesional bien entrenada, de armas regulares, de munición, de banderas y hasta de bandas de música como las que solían tener los regimientos más antiguos. En definitiva: esas autoridades constataban en 1810 que, para vencer al que, en efecto, era, en 1808, el mejor Ejército del Mundo, se hacía preciso tener un Ejército aún mejor.

Eso es lo que ocurrió en España a partir de 1810, e incluso antes en algunos casos. Como el de la División navarra de Mina, que fue la que salvó de la catástrofe táctica al disperso y reducido grupo de Jauregui.

A partir de 1810 ya no hay guerrilleros. Hay regimientos de voluntarios integrados en grandes cuerpos de Ejército dirigidos por militares profesionales y sujetos a un Estado Mayor, que imparte órdenes y coordina sus movimientos.

Quienes no se han atenido a esos cambios, son considerados como lo que en realidad eran la mayoría de ellos: simples bandoleros que habían aprovechado la confusión de la guerra para medrar, atacando, por igual, a población civil indefensa como a convoyes enemigos.

Sí, los “guerrilleros” jamás derrotaron a nadie en la España de 1808 a 1814. La derrota de Napoleón, no se debió a grupos de retrógrados y atávicos nativos españoles dirigidos por curas y monjes fanáticos, como gustan de repetir algunas malas novelas.

Sin dejar caer en el olvido que una parte sustancial del partido patriota, que lucha contra el invasor francés, es sumamente reaccionario (como lo puede ser en esas fechas una parte de la población francesa o prusiana, por sólo citar dos ejemplos) la derrota de Napoleón en España, fue obra de estructuras militares muy consolidadas, dotadas de apoyo marítimo, redes de información (o espionaje, si se prefiere) muy sofisticadas, servicios jurídicos, servicios de Sanidad, y, por supuesto, correos. Encargados de llevar por la posta militar (bajo el membrete de “Servicio Real”) las órdenes emanadas de los distintos estados mayores.

Esas tropas regulares en las que se convierten los primeros voluntarios de junio de 1808, son las que, en realidad, derrotaron a Napoleón. Eran una formidable maquinaria militar, coordinada con los ejércitos portugués y británico que, como el español, tuvieron que renovarse o morir, aplicando tácticas nuevas que pudieran derrotar al genio militar de Napoleón y a la poderosa Francia que él representaba.

A ese respecto, la gran aportación de los mitificados “guerrilleros” fue la de dotar a los regimientos regulares en los que se convirtieron -como los del Séptimo Ejército que operaba en el Norte de España- las tácticas propias de esa lucha de primera hora, reducida a emboscadas y golpes de mano.

En efecto, la combinación del combate de línea (grandes unidades de Infantería desplegadas en batallas campales) con el combate de guerrilleros o cazadores, formando a los hombres de manera dispersa, diezmando desde posiciones protegidas a los oficiales y soldados enemigos, fue lo que desarboló el dispositivo napoleónico en España. Minado lentamente por estas unidades versátiles, capaces de replegarse con rapidez, dotadas de una gran movilidad que, combinada con el apoyo logístico británico y la dirección civil y militar de un Gobierno consolidado en Cádiz, acabarán por descoyuntar el eje central del que dependía el fracaso o el éxito de los planes imperiales de Napoleón.

Hoy, una vez más, lo vuelvo a decir. Como ya lo han dicho libros de Historia convenientemente puestos al día, como los firmados por Ronald Fraser, Charles Esdaile o Miguel-Anxo Murado. O incluso algunas novelas históricas, como las firmadas por José Luis Corral.

A partir de aquí, ¿cuántas veces más habrá que repetir que, por ejemplo, los tenientes coroneles de la División de Longa jamás deben ser confundidos con “guerrilleros”, sino ser descritos como militares regulares de la época napoleónica?

El tiempo nos lo dirá.

 

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Palabras con Historia: “lo dije para mi coleto”
Carlos Rilova 08-01-2018 | 12:30 | 0

Por Carlos Rilova Jericó

pedro-saenz-de-izquierdoEsta semana aprovecharé este nuevo correo de la Historia para tratar de un tema que ya ha ocupado este espacio en diversas ediciones. Es decir: el de explicar, en la medida de lo posible, el significado de expresiones que se siguen utilizando después de haber perdido su sentido original. Como, por ejemplo, “a palo seco”. O la que nos ocupa en este caso.

Esta expresión, mucho más olvidada que otras como la citada de “a palo seco”, está relegada casi a la esfera de los cultismos. Por otra parte, tiene al menos dos formas de conjugarse. Una es la que he puesto en el título, “lo dije para mi coleto”. Otra, más usual, sería “echárselo al coleto”.

Tanto en un caso como en otro, la clave, histórica, de esa expresión estaría en la palabra “coleto”.

El coleto no tiene nada que ver con el nombre popular de alguna parte del estómago humano. Como podría pensarse al oír la expresión “echárselo al coleto”.

Habrá, pues, que explicarlo. Al menos para quienes no son seguidores de las aventuras literarias de cierto apócrifo capitán español de comienzos de la época de Felipe IV, que ya saben que el coleto, era, en realidad, una prenda de vestir sumamente popular durante el siglo XVII y cuyo uso persistió, en algunos casos, hasta entrado el XIX.

Se trataba, en su origen diecisetesco, de lo que hoy consideraríamos un chaleco antitrauma y antibalas. Todo en uno.

En distintas variantes, el coleto era utilizado por soldados y oficiales a lo largo del siglo XVII para proteger el torso y las piernas hasta, más o menos, las rodillas según algunos modelos. Por lo general era una prenda sin mangas, aunque en la zona de los hombros podía llevar un par de refuerzos que cubrían parte de esa zona de los brazos.

Se elaboraba en piel de distintas calidades, endurecida por diferentes procedimientos, aunque permitiéndole mantener cierta flexibilidad que el cuero cocido -convertido así en coraza- ya no tenía.

Lo que se pedía a esa prenda militar era precisamente eso: flexibilidad y resistencia.

El objetivo final del coleto exigía que así fuera.

Por un lado, tenía que permitir al que lo llevaba, libertad de movimientos. Toda la necesaria, al menos, para un campo de batalla donde la lucha cuerpo a cuerpo, con arma blanca, era más habitual que en las guerras actuales.

Por otro lado, el coleto debía ser resistente porque su objetivo era proteger las partes más vitales de quien lo llevaba puesto. Esa protección debía ser contra estocadas y puñaladas. Pero también contra lo que la documentación de la época llamaba “balas cansadas”.

Este es un interesante problema de Balística. La “bala cansada” era un proyectil que había perdido la mayor parte del impulso que le había comunicado la pólvora prensada en el cañón de un mosquete o de una pistola. Normalmente la bala se “cansaba” -en el caso de un mosquete- a unos 80 metros, pues el máximo alcance efectivo de esas armas no solía superar los 100.

A partir de ahí, la bala perdía empuje y entraba en juego el coleto. Actuando como una especie de guante de béisbol, recogía el impacto suavizado de la bala impidiendo que hiriera, aunque fuera superficialmente, al hombre que lo vestía.

Esta era, pues, la función de los coletos. El hecho de que haya sobrevivido esta palabra en el habla común hasta hoy día, donde tejidos artificiales como el kévlar han dejado obsoleto ese viejo chaleco de piel endurecida, significa que era una prenda popular y bien querida.

Nada de que extrañarse, teniendo en cuenta que podía librar a su dueño de la muerte. O de heridas más o menos graves que, en muchas ocasiones, acababan también llevando a la tumba al que las recibía, dada la precariedad de los medios de curación de la época.

Echarse algo al coleto o hablar sólo para que te escuche tu propio coleto, revelan, evidentemente, que esa prenda era algo que transmitía seguridad y confort a quien la llevaba y que, de hecho, era algo tan fiable como para confiarle incluso los propios secretos.

Con el tiempo el coleto cayó en desuso a lo largo del siglo XVIII. Y eso a pesar de que las tácticas de combate no variaron demasiado durante esos años con respecto a la centuria anterior. Parece evidente que la vanidad, la Estética y la Moda tuvieron algo que ver en esto, porque el llamado “Siglo de las Luces” fue, en su primera mitad, uno de los que contó con más retratos de personajes importantes vestidos con armadura metálica. Un artefacto que podía considerarse aún más obsoleto e inútil, en el campo de batalla, que el coleto.

Que se sepa el uso de prendas iguales o parecidas al coleto diecisetesco, sólo persistió en unidades militares muy concretas. Por ejemplo, durante la segunda mitad del siglo XVIII entre los dragones españoles que combatían en la frontera americana más septentrional del Imperio, donde la Corte de Madrid entraba en conflicto con las naciones apache y comanche. Un uniforme, el de esos “dragones de cuera” españoles, que la República mexicana mantuvo hasta la primera mitad del siglo XIX sin apenas cambios.

Si han visto alguna de las películas del Zorro, en sus múltiples versiones, ya han visto la mayor parte de ese uniforme de los dragones de cuera: es el que llevan los soldados mexicanos que se baten -tan denodada como inútilmente- con el siempre triunfante Zorro.

En el Ejército británico, persistió hasta 1961 un regimiento, el Royal East Kent (hoy refundido con otros en el Princess of Wales´s Royal regiment), cuyo sobrenombre (los “Buffs”) -y parte del uniforme- recordaba el uso de esa prenda entre sus hombres durante el siglo XVII.

Posteriormente, en la versión para el Cine del magnífico relato de Kipling “El hombre que pudo reinar”, los dos aventureros protagonistas de esta fábula moral sobre el Imperialismo, rendían un homenaje a esta prenda. Vistiéndola sobre sus uniformes británicos de época victoriana desde el momento en el que se los ponían para hacer más oficial la conquista del casi mítico Kafiristán y lo que estuviera más allá.

Es en ese punto donde, de momento, se detiene la Historia de esa prenda que se ganó la confianza de muchos. Tanto como para guardar dentro de ella pertenencias muy apreciadas y así convertirse en protagonista de expresiones que indicaban que un coleto era un lugar seguro para guardar algo de valor. Como, por ejemplo, un secreto…

 

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Año Nuevo, Historia nueva. Las efemérides históricas de 2018
Carlos Rilova 01-01-2018 | 12:32 | 2

Por Carlos Rilova Jericó

mayo-del-68-uno-de-los-primeros-estudios-publicado-hace-50-anos-la-coleccion-redingSe acaba 2017 y empieza, hoy mismo, 2018. Este nuevo año, que esperamos sea aún mejor que el anterior, viene cargado de efemérides históricas.

Yo, al menos, he apuntado tres en el calendario. La primera sería a partir del 2 de mayo de 2018.

Justo en esa fecha, se cumplen 50 años del famoso “Mayo del 68”. Todo un cataclismo político y cultural que, aun acabado en revolución fracasada, encendió la espoleta de los cambios que dan forma a nuestra realidad cotidiana.

La imaginación no llegó al poder, tal y como pretendía aquel abigarrado conglomerado de estudiantes universitarios y activistas políticos de izquierda y extrema izquierda (tan extrema que convergía con el Totalitarismo de corte maoísta) que asaltaron las calles y las aulas ese 2 de mayo de hace cincuenta años.

Sin embargo, desde esos momentos empezó a ser normal, por ejemplo, que las mujeres llevasen pantalones, pudiesen acceder a toda clase puestos de responsabilidad y participasen, de igual a igual con los hombres, en todos los ámbitos de la vida social. Abriendo aún más la brecha que ya se llevaba abriendo desde finales del siglo XIX en el estado habitual de subordinación de la condición femenina.

También empezó a ser normal desde ese “Mayo del 68” toda una serie de libertades personales que hoy se dan por supuestas. Por mucho que estén a veces cuestionadas -o seriamente amenazadas- desde 1980. Cuando llega la reacción neoconservadora que hoy, todavía, amarga la vida de muchos millones de personas y se levantó como un muro contra esa tormenta liberalizadora y libertaria que fue aquel mayo de 1968.

Si es posible, en tal fecha, el 2 de mayo de 2018, algo haremos por recordarlo porque esa revolución mundial, que no se limitó a París, merece ser recordada a pesar de que no terminó de asaltar los cielos y de que muchos incendiarios fruto de esas jornadas salieron convertidos de ellas -en poco más de veinte años- en jefes y activos colaboradores de distintos departamentos de bomberos políticos dedicados a sofocar y moderar el mismo fuego que ellos habían encendido en 1968.

La siguiente efemérides histórica de este nuevo año se solapa con esta otra. A pesar de que un acontecimiento histórico (el Mayo francés del 68) y este otro estuvieron separados por 150 años.

Se trata del bicentenario de la muerte del astrónomo José Joaquín Ferrer y Cafranga, del que ya he hablado más de una vez en anteriores correos de la Historia.

José Joaquín Ferrer murió un 18 de mayo de 1818, siendo concejal (o el equivalente de la época) del Ayuntamiento de Bilbao.

El 18 de mayo de 2018 será, pues, una muy buena ocasión para recordar esta figura olvidada, sencillamente, porque la Historia de la Ciencia en España corre aún peor suerte que la Historia (como Ciencia) en general. Es decir, se considera que se le debe prestar poca o más bien ninguna atención, con consecuencias que, evidentemente, no hacen sino agrandar la distancia que nos separa de esos famosos “países de nuestro entorno” a los que queremos parecernos, pero sin poner los medios necesarios… En este caso desarrollar un modelo de Ciencia integral, donde las Humanidades o la Filosofía son tan esenciales como la Física y las Matemáticas avanzadas. Un detalle éste que sólo puede ser pasado por alto en economías y sociedades semifeudales, abducidas por el fetiche desarrollista. Como lleva ocurriendo en España desde los años sesenta del siglo pasado.

Razones más que de peso para, por supuesto, no dejar pasar por alto la efemérides del bicentenario de la muerte de un astrónomo de primer orden como José Joaquín Ferrer. Al que, sólo para empezar, los Estados Unidos de Norteamérica deben hoy gran parte de los cimientos de su Cartografía y la “Mecánica Celeste” de Pierre-Simon Laplace -un cimiento básico de la actual Astronomía- buena parte de su éxito.

La última efeméride del 2018, será en noviembre. El 11 de ese mes del año 1918, el Ejército alemán reconocía que debía poner fin a las hostilidades que, entre agosto de 1914 y ese año 1918, dieron lugar a lo que luego, en los libros de Historia, fue llamado “Primera Guerra Mundial”.

Seguramente habrá numerosas celebraciones (o conmemoraciones) a nivel mundial.

Para esas fechas, 11 de noviembre de 1918, la “Gran Guerra” afectaba ya a  millones de personas y a la mayor parte de las principales potencias mundiales y sus colonias. Lo cual había convertido a esa guerra en realmente mundial.

El número de ciudadanos de países neutrales que participó en el conflicto, está aún por determinar. Especialmente en las latitudes al Sur de los Pirineos (una vez más chocamos aquí con los déficits de formación e investigación tan habituales en esas regiones).  Lo que sí está bastante claro es que unos cuantos guipuzcoanos se jugaron la vida en esa “Gran Guerra” y esa efemérides, la del 11 de noviembre de 2018, es también suya y debería recordarse cómo se enrolaron voluntarios en el Ejército francés, cómo vistieron el famoso uniforme “bleu horizon” y, después, ya vestidos con él, asaltaron alambradas y pasaron entre cortinas de fuego de obús y ráfagas de ametralladora hasta derrotar a las legiones del káiser Guillermo II. Ese mismo personaje que, desde ese 11 de noviembre de 1918, dejaba de ser emperador para convertirse en un monarca exilado en Holanda. Desde donde, por cierto, vio con benevolentes ojos y favorable actitud cómo en Alemania se consolidaba la llamada “Peste parda”. Ese Fascismo alemán que acarrearía una segunda guerra mundial, tan devastadora como la que él había provocado en 1914.

Con estas perspectivas históricas, pues, comienza este año 2018. De ellas, esperemos, habrá que dar buena cuenta en los 365 días que empezamos a contar desde hoy mismo.

 

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