Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
¿Más cerca de lo que creemos? Una conferencia sobre Historia y Geoestrategia
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Carlos Rilova | 19-02-2018 | 12:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

portada-de-los-condenados-de-la-tierraComo ya saben quienes siguen esta página, la Asociación ha organizado, desde este mes de enero, un ciclo de conferencias, a una por mes -hasta junio- sobre Historia y Geoestrategia.

Todo esto está siendo posible gracias a la financiación del IEEE y a la impagable ayuda de Kutxa Kultur, que acoge este ciclo en sus instalaciones de la cuarta planta de Tabakalera, en San Sebastián.

Así, a las siete de la tarde de este próximo jueves 22 de febrero, pondremos a disposición del público donostiarra una conferencia que tratará de explicarnos el revuelto panorama geoestratégico internacional. Ese en el que vivimos ahora mismo, dentro de esa Historia que es todavía presente, pero que, en cuestión de meses, de pocos años, será ya Historia del Tiempo presente. Aunque para nosotros sólo sea un recuerdo.

El encargado de impartir dicha conferencia, será Federico Aznar Fernández-Montesinos. Un especialista del IEEE que lleva largos años trabajando en el campo del análisis geoestratégico e impartiendo docencia superior sobre esas materias que, por más que nos puedan parecer opacas, lejanas, están mas presentes en nuestras vidas, en nuestra Historia (colectiva y personal), de lo que podamos -o, tal vez, nos atrevamos- a creer.

El tema en torno al cual girará su intervención, será la nueva configuración de ese mundo que nos rodea y nos asalta con imágenes -muchas veces perturbadoras- desde las páginas de los periódicos o desde las pantallas de ordenadores y televisores.

Es decir, un mundo en el cual los bloques de la Guerra Fría y el enfrentamiento de dos únicas superpotencias antagónicas, son cosa del pasado y en el que nuevos escenarios -como la llamada “Primavera árabe”- han alentado fenómenos terroristas traídos hasta el corazón de la vieja Europa. Convirtiendo poblaciones hasta entonces apacibles y seguras (Londres, Cannes, Madrid, París…) en verdaderos infiernos similares a los que se han hecho habituales en, por ejemplo, Oriente Próximo desde hace unos cincuenta años.

Esas horas de este jueves, se tratará, pues, de esas cuestiones. Y también, claro está, de cómo nuestro territorio más próximo se emplaza en ese esquema de cosas.

Principalmente porque esta visita de un especialista de alto nivel en cuestiones de ese calado, nos conduce a una pregunta importante: ¿qué puede esperar un territorio como el vasco, o, más concretamente, el guipuzcoano, de una situación así?

Históricamente las provincias vascas, como Guipúzcoa, han sido por su carácter de frontera terrestre y marítima entre tres grandes potencias europeas (España, Francia y Gran Bretaña), un enclave inmerso en las grandes corrientes de la Historia mundial. Desde la conquista y colonización de África, Asia y América por los europeos, hasta las guerras napoleónicas.

Eso ha hecho de estos territorios, enclaves históricos fundamentales para los grandes envites geoestratégicos de esas potencias. Un panorama que sólo se modera (pero no desaparece completamente) a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando España se convierte, decididamente, en una potencia clave -pero de segundo orden- en el contexto internacional, constituyéndose (dada la anomalía de su régimen político, desde esa fecha, en una Europa occidental democrática) en una problemática ecuación geopolítica y geoestratégica que resulta difícil de resolver.

Más aún desde el año 1968 en adelante, cuando, por un período de cuatro décadas, surge en el seno de la sociedad española (y, sobre todo, vasca) una organización (Euskadi ta Askatasuna, ETA) que interpreta la Historia de ese reducto territorial como la de una lucha anti-imperialista, reduciendo un supuesto “conflicto vasco” a una guerra de liberación nacional cortada (erróneamente desde todos los puntos de vista) por el patrón de las teorías anticolonialistas de Frantz Fanon.

Una experiencia histórica la de esa guerra -supuestamente anticolonial- por medio del Terror (fruto directo del final de la Segunda Guerra Mundial y de la ubicación política y estratégica de España tras ese conflicto) que, ahora, en un nuevo escenario geoestratégico mundial, adquiere otro cariz. Uno en el que las mismas teorías utilizadas por el terrorismo etarra para justificar su guerra “anticolonial” -de baja intensidad- por medio del Terror y contra España, se volverían ahora -en bloque y de manera ya enteramente indiscriminada- contra ese mismo “Pueblo Vasco” idealizado por las teorías de ETA. Algo en absoluto descartable, ya que esa construcción o agente político (ese “Pueblo Vasco”), desde el punto de vista del mal llamado DAESH (Estado Islámico) sólo es, en realidad e históricamente, una parte más del “Gran Satán” occidental contra el que esa forma de Yihadismo extremo ha decretado una guerra de exterminio alentada por diversas “fatwas”.

Es decir, por mandatos sagrados a los creyentes verdaderos (desde el punto de vista del Estado Islámico) para acabar con los infieles que ofenden, con su sola existencia, al Islam.

Un número, el de esos infieles, en el que -no cabe duda- entran los vascos de hoy día que, como bien sabemos, constituyen uno de los modelos de sociedad occidental más desarrollados que existen. Configurando así, precisamente, uno de los principales objetivos a batir por esa ideología del Salvajismo yihadista que, por suerte, de momento, sólo hemos visto -en el antes castigado territorio vasco- a una prudencial distancia. Una favorable circunstancia que, sin embargo, desde el ámbito del conocimiento (que siempre es Poder) nos invita a prudentes y bien documentadas reflexiones que nos revelen en qué punto exacto de ese decurso histórico, que llega hasta el tiempo presente, nos encontramos hoy.

Esa clase de importantes noticias son las que se podrán obtener este jueves 22 en la cuarta planta de Tabakalera, gracias a los buenos oficios, entre otros, de analistas geoestratégicos de alto nivel como Federico Aznar Fernández-Montesinos…

 

 

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Cine e Historia: Winston Churchill y “El instante más oscuro”
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Carlos Rilova | 12-02-2018 | 1:02| 0

Por Carlos Rilova Jericó

churchill-vapuleado-por-la-propaganda-nazi-signal-version-francesa-abril-de-1940Tenía pendiente, desde este verano, ver “El instante más oscuro” para completar, en cierto modo, la serie de correos de la Historia que dediqué al nuevo Cine sobre la Segunda Guerra Mundial que, precisamente este verano de 2017, llenó la pantalla con varias producciones como “Dunkerque” o “La decisión del rey”.

Es por eso por lo que hoy voy a hablar aquí de “El instante más oscuro”, que, por esas cuestiones de pura lógica secuencial, toma la delantera a “Handia” (la exitosa producción guipuzcoana sobre el, más o menos, famoso gigante de Alzo) y a otras muchas películas de fondo histórico que van a llenar la pantalla en los próximos meses. Como, por ejemplo, una (según parece) sorprendente película biográfica sobre la juventud de Karl Marx.

El objetivo de este nuevo correo de la Historia va a ser, pues, tratar de saber qué se puede aprender de Historia de la Segunda Guerra Mundial a través de “El instante más oscuro”.

Esta película británica, dirigida por Joe Wright y protagonizada, magníficamente, por Gary Oldman y Kristin Scott Thomas, parece haber tratado de llevar a la pantalla grande algún que otro libro de Historia. Más concretamente el que firmaba nuestro colega historiador John Lukacs, “Cinco días en Londres, mayo de 1940”. Publicado originalmente hace ya casi 20 años, en 1999.

Efectivamente, la mayor parte de lo que se puede ver en la película, responde a lo que Lukacs recoge minuciosamente en su libro.

Hay que decir, pues, que “El instante más oscuro” refleja de manera exacta el modo en el que Churchill, una vez nombrado primer ministro, en esos electrizantes días de mayo de 1940, deberá enfrentarse con Lord Halifax. Representante de los asuntos de Exteriores en esos momentos en el Gabinete de Guerra que Churchill forma y en el que, como se dice en la película, incluye a sus adversarios más próximos. Como es el caso de Halifax o del “viejo del paraguas”. El apodo sarcástico por el que era conocido Neville Chamberlain. El primer ministro británico al que Churchill reemplaza (como se ve en la película también).

Todo esto es un episodio histórico muy poco conocido. De hecho, por ejemplo, para los lectores en euskera que acudan a la biografía de Churchill escrita por Joseba Arruti, esas negociaciones pasarán casi desapercibidas. Lo que predomina en el caso de obras como ésta o bien en otras biografías de Churchill como la escrita por François Bédarida, es más bien un relato canónico en el que, sir Winston, tras desplazar del poder a Chamberlain y a los dispuestos a pactar con nazis y fascistas una paz negociada, entreguista, se erige en un líder absoluto e indiscutido que, con relativa facilidad, consigue poner a toda la nación británica de su lado. Firmemente dispuesta a endosar el famoso discurso de “sangre, sudor y lágrimas” hasta conseguir la victoria final.

Sólo biografías más completas, como la firmada por el ex-ministro británico Roy Jenkins, o más militantes, como la elaborada por el polémico ex-alcalde de Londres Boris Johnson (“The Churchil factor. How one man made History”), habían abundado algo más en estos aspectos antes del estreno de “El instante más oscuro”.

Fueron momentos verdaderamente dramáticos y que la película sabe explotar a conciencia, mostrando, en emotivas imágenes, cómo Churchill, contra una oposición más que considerable en el Parlamento y en el propio Gabinete de Guerra que ha formado nada más llegar al poder, debe enfrentarse a aquellos que -como Halifax y Chamberlain- estaban dispuestos a, más o menos, rendirse ante las imparables legiones nazis.

En ese aspecto “El instante más oscuro” es una película meridianamente exacta. Ciertamente hay episodios, como el de la reunión que Churchill convoca en su despacho del Parlamento, que han sido levemente deformados para dar mayor fuerza a las imágenes. En esa escena, en la que Churchill logra galvanizar a varios ministros y parlamentarios antes de enfrentarse definitivamente a Halifax, las muestras de entusiasmo de los allí reunidos fueron mucho menores, según diversas fuentes (sobre todo memorias de los testigos presenciales). De acuerdo a esos documentos, reinaba en esa reunión un gran silencio mientras el premier se dirigía a ellos. No parece que hubiera raptos de entusiasmo similares a los que se ven en “El instante más oscuro”. Así, según esas memorias de los presentes en aquella reunión, hubo murmullos de aprobación a lo que decía el primer ministro y, sólo posteriormente, cuando la reunión concluye, algunos felicitaron a Churchill. Uno de ellos recuerda que, incluso, le palmeó la espalda por ese vibrante discurso que incitaba a resistir hasta el final. Pasara lo que pasase.

Otro tanto ocurre con las palabras que la mujer de Churchill, más que solventemente interpretada por Kristin Scott Thomas, dirige a Churchill al principio de la película, pidiéndole que sea más amable. Nos revela Roy Jenkins, en las páginas 661 y 662 de la edición española de su biografía sobre Churchill, que ese diálogo procede de la única carta que la mujer de Churchill cruza con él en 1940. Así pues, lo que se ve en la película, en los primeros momentos, cuando la mujer de Churchill le reprende por su mal carácter es, pues, una dramatización basada en dicha carta, que, por otra parte, está bastante presente a lo largo de toda la película, pautando, en buena medida, la buena interpretación de Kristin Scot Thomas.

Lo mismo pasa con la secretaria de Churchill, Elizabeth Layton, que provoca alguna de esas regañinas por parte de Clementine (la mujer de Churchill) al premier. La muchacha, en realidad, no entrará en el servicio de Churchill hasta el año 1941, Meses después de lo que se ve en la película…

Pero detalles como esos aparte, “El instante más oscuro” es un veraz relato histórico. Al menos hasta donde lo permiten las leyes del Cine…

Desde el punto de vista español, sin embargo, se puede echar de menos que no se carguen más las tintas contra Chamberlain. Al que Churchill sólo reprocha en alguna ocasión que, en esos días de mayo de 1940, Gran Bretaña se vea abandonada, sola ante un enemigo feroz al que las simpatías progermánicas del anterior premier habían permitido llegar a ese punto.

Ciertamente, a pesar de que Anthony Eden es otro de los personajes fundamentales de esta película, poco se trasluce en “El instante más oscuro” del modo en el que la república española, por culpa de Chamberlain, había sido abandonada a los nazis y sus aliados españoles. Dejando así a Gran Bretaña tan aislada en 1940, sin un territorio de reserva penínsular como el que tuvo en las guerras napoleónicas. Tal y como Churchill o Eden ya habían advertido a Chamberlain en 1937, cuando la guerra española aún podía ser ganada por los enemigos españoles de Hitler y no por sus fieles (al menos hasta 1945) adláteres…

Ciertamente, como señala Lukacs en “Cinco días en Londres, mayo de 1940”, el “viejo del paraguas”, Neville Chamberlain, había adoptado en esas fechas una actitud contemporizadora (al menos aparentemente) entre el entreguismo de Halifax y la decidida actitud de Churchill de no rendir jamás Gran Bretaña. Ni a causa de una derrota militar, ni a causa de una negociación como la que proponía Halifax.

Sin embargo, Chamberlain, como se suele decir, tenía un pasado. Uno que iba de 1937 a 1940, durante el que, en efecto, sin llegar a la actitud de vasallaje intelectual a los nazis detectada en Lloyd George (al que Churchill veía como su sustituto ideal caso de una derrota militar y/o diplomática ante los nazis) o en otro miembro de la saga Chamberlain: Houston Stewart, el “viejo del paraguas” había hecho, en esos años de 1937 a 1940, notables esfuerzos para servir en bandeja de plata la mayor parte de Europa a las difícilmente disimulables ambiciones de Hitler. Austria, Checoslovaquia y la república española, habían sido sus víctimas.

Es una lástima, para el público español, que una película por lo demás tan instructiva como “El instante más oscuro”, pase tan deprisa, tan imperceptiblemente, sobre esos acontecimientos que, como la derrota francesa de 1940, Dunkerque o las luchas de poder entre personajes como Halifax o Churchill, son esenciales para comprender cómo el destino de las democracias occidentales se jugó en unos pocos días de mayo de 1940. Para algunas, como la francesa y la británica, sólo durante unos pocos años. Para la española durante una serie de anómalas décadas que todavía arrastran una envenenada herencia histórica hasta la época actual.

 

 

 

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Una curiosa historia para el centenario de “Frankenstein” (1818-2018)
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Carlos Rilova | 05-02-2018 | 12:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

El hallazgo del que sale este nuevo correo de la Historia, no pudo aparecer en un sitio más apropiado. Fue en septiembre del año 2017. Yo había ido a Bath a participar en los eventos que se habían organizado en esa ciudad en honor al bicentenario de la muerte de Jane Austen.

Cumplido el trabajo de mostrar a los visitantes de esa ciudad y de ese festival aspectos de la España de la época de la Guerra de Independencia, acabé en Londres. Y allí acabé, como no podía ser menos, en una de las librerías del distrito cultural de la City. Ese formado por la Universidad de Londres en pleno barrio de Bloomsbury, el Museo Británico, La Biblioteca Británica y algunos famosos teatros, como el Covent Garden.

Ese domingo de septiembre del año pasado, esa librería estaba de rebajas, por así decir. Como me dijo el librero cuando fui a pagarle, estaban sacando el stock sobrante acumulado a lo largo de los años. La oferta, si mal no recuerdo, era que te podías llevar, de ese stock sobrante, cuatro ejemplares por cinco libras. Había mucho donde elegir, la planta baja de la librería estaba llena de volúmenes que iban desde viejas separatas de revistas de Historia y otros temas, hasta libros de lo más variopinto. Y ahí estaba, en una de aquellas venerables estanterías de madera. El libro que contenía la curiosa historia que hoy les voy a contar.

En principio no era un libro muy llamativo por el volumen. Sólo tenía 120 páginas del tamaño de medio folio aproximadamente. Pero la cubierta era de un verde brillante y con letras de oro. Y esas letras tenían un título que llamaba mucho la atención: “The Frankenstein diaries”. Es decir, “Los diarios de Frankenstein”

Claro está, saqué el libro del montón y empecé a hojearlo. Y así fui de sorpresa en sorpresa. Como decía la portada, estos “Diarios de Frankenstein” eran, supuestamente, un documento auténtico, traducido y editado por el reverendo Hubert Venables.

El antedicho reverendo Venables editaba, en efecto, estos diarios llenándolos de comentarios y de imágenes de época. Como, por ejemplo, material quirúrgico del siglo XIX, grabados de los personajes que aparecían en estos “Diarios” y dibujos realizados por Viktor Frankenstein a partir de sus experimentos para conseguir recrear la vida a partir de la materia inerte…

Lo mejor del caso, es que el reverendo Venables mantenía que todo lo que se contaba en el libro era absolutamente cierto.

Es decir, que esos diarios que, día a día, iban reconstruyendo los experimentos del doctor Frankenstein, contados en primera persona por él mismo, eran un documento que había llegado a sus manos. Por supuesto, estaba escrito en alemán de principios del siglo XIX. Al parecer, habían sido traídos hasta Inglaterra desde Suiza, donde, se suponía, habían tenido lugar esos experimentos que habrían dado lugar a la creación de un hombre artificial compuesto de piezas de distintos cuerpos.

Es más, el reverendo Venables no duda en describir, en el prefacio del editor, el aspecto de esos documentos. Traducido del inglés viene a decir que lo que llegó a sus manos era un gastado legajo de antiguos, decadentes, papeles que le había remitido hacia diez años (es decir en 1970) un colega suizo que estaba muy al tanto de su entusiasmo por los manuscritos alemanes del siglo XVIII…

A partir de ahí, el reverendo Venables, tras una breve presentación del caso, pasaba a copiar literalmente la traducción inglesa de aquellos gastados y antiguos papeles, reconstruyendo así lo que, en realidad, era un relato en primera persona del protagonista de la novela que Mary W. Shelley se apostó que podía escribir. Recogiendo el desafío lanzado por Lord Byron, el médico personal de éste, John Polidori, y por su propio marido: Pierce Byshee Shelley.

El reverendo Venables (o quien quiera que se ocultase tras esa identidad) era muy consciente de que los lectores de su edición anotada de los diarios de Frankenstein, lógicamente, dudarían de la veracidad de una obra que proclamaba que el personaje que figuraba como protagonista de la novela de Mary Shelley, era un ente real.

Por eso advertía en su prefacio que este texto que ofrecía al publico, según él había podido comprobar, era un relato de hechos históricos absolutamente verdadero. Tal y como había constatado en sus subsiguientes averiguaciones en archivos alemanes y suizos…

En el prólogo que seguía a ese prefacio, el reverendo Venables advertía -también desde la primera línea- que se hacía cargo de que el lector estaría casi obligado a ver con escepticismo la publicación de los diarios de un personaje que, universalmente, había sido considerado, durante 150 años, como un personaje de ficción.

Es más, el reverendo Venables confesaba que, en efecto, su propia reacción cuando vio los documentos y empezó a descifrarlos, no fue muy diferente. Obviamente no podía creer que existiera un diario de un personaje que todo el Mundo había considerado, hasta ese momento, fruto de la imaginación de una joven dama de principios del siglo XIX.

Un escepticismo que, obviamente, el reverendo Venables había superado, pues el libro finalmente había sido dado a la prensa de los editores Hutchinson and Company, de Londres.

A partir de ahí, Venables nos llevaba a un paisaje supuestamente histórico en el que un joven y prometedor doctor en Medicina (Viktor Frankenstein) empezaba a pensar que era posible insuflar vida en la materia inerte a partir del magnetismo y la electricidad…

Por supuesto no voy a revelar el fin de este relato (seguro que habrá quien quiera leerlo, a pesar de que, hasta dónde yo sé, no se ha traducido al español). Sólo diré que los supuestos diarios de Frankenstein y los documentos anejos con los que el reverendo Venables completaba su historia, difieren un tanto del final que Mary Shelley dio a su propia historia publicada ahora hace 200 años.

Lo único que puedo decir al respecto, es que “The Frankenstein diaries” es una magnífica historia, muy original y que completaba muy bien toda la parafernalia que Mary Shelley puso en marcha ahora hace dos siglos, creando uno de los mitos literarios de la Edad Contemporánea que más ha dado que hablar. Desde visiones cinematográficas cómicas que adquirieron -nunca mejor dicho- vida propia, como la paródica “El jovencito Frankenstein”, hasta la versión para el Cine de la novela filmada (y protagonizada) por Kenneth Branagh o la miniserie de televisión de los años setenta “Frankenstein. Su verdadera historia”, que nació casi al mismo tiempo y, al parecer, con casi la misma intención que estos diarios de Frankenstein editados por el reverendo Venables.

Alguien que, después de todo, resulta ser un digno heredero de aquel Luciano de Samósata, que en el siglo II de nuestra era también escribió una “Historia verdadera”. Tan verdadera, desde luego, como estos “Diarios de Frankenstein” que me ha parecido oportuno recordar en el centenario de la publicación de la novela de Mary W. Shelley…

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La revolución de los nombres. Bayona en 1794
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Carlos Rilova | 29-01-2018 | 12:31| 0

Por Carlos Rilova Jericó

alegoria-del-mes-de-floreal-por-loyuis-lafitte-synebrichoffin-taidemuseoiEste nuevo correo de la historia surgió, como tantos otros, de horas pasadas en los archivos. En este caso en el de Bayona. Llegué a él el sábado 13 de enero de 2018 acompañado por Aritz Irazusta, un reconocido (pese a su juventud) reconstructor histórico. El objetivo de esa visita, a petición de él, era revisar las notas manuscritas del erudito bayonés Édouard Ducéré para averiguar, o más bien confirmar, algunos datos sobre el uniforme de la llamada Guardia de Honor vasca que el mariscal Murat recogió en esta localidad laburdina, de camino a España, en el año 1808.

Revisando, con no poca dificultad, el legajo CGM 245, que contenía esas notas de Ducéré (yo creía tener mala letra, pero descubrí que había eméritos historiadores que la tenían aún peor), encontramos también una lista de nombres extraída de los registros de nacimientos en Bayona durante el período de la revolución de 1789.

Los nombres correspondían a los años II y III de la República francesa, una e indivisible. Es decir, a los momentos álgidos, más extremistas, de ese hecho histórico, donde ya las soluciones templadas -como una monarquía constitucional de estilo británico- han sido desplazadas por las propuestas más radicales.

Entre otras la de acabar con la aristocracia, declarándola una especie de raza maldita y a exterminar totalmente, abolir la monarquía considerándola una forma de esclavitud y muchas otras medidas como la desacralización de iglesias, el sometimiento del culto católico a la dirección del Estado, obligando a los sacerdotes a jurar fidelidad a la nueva república, más un largo etcétera en el que también entraba la abolición o el cambio de ciertos nombres, para demostrar así mejor cómo las cosas estaban cambiando en la Francia revolucionaria.

No es ningún secreto cómo en esa provincia de Laburdi, y otras, se cambió el nombre tradicional a ciertas localidades (especialmente si aludía a un santo) sustituyéndolo por nombres de eminentes revolucionarios o, en el mejor de los casos, de personajes considerados precursores de la revolución.

Todo eso se ha contado ya, por ejemplo, en Historias del País Vasco como la que ya hace más de tres décadas publicó la editorial donostiarra Txertoa.

De esa tormenta revolucionaria sobre los patronímicos, no quedaron libres ni siquiera los nombres de los meses del año ni los días de la semana, que pasaron de siete a diez y dejaron de ser llamados por sus nombres tradicionales de Lunes, Martes, etc…

Los nombres de los recién nacidos, como demostraban las notas conservadas en el legajo CGM 245, tampoco se librarían de esa visceral reacción contra el Antiguo Régimen.

Así nos encontramos con que el 3 de Nivoso del año II (finales de diciembre de 1794) una niña bayonesa fue bautizada (o sería más exacto decir nombrada) como Republicana Victoria Sans Culotte…

El 4 de Pluvioso de ese año II (finales de enero de 1794) el nombre elegido para el -según parece- neonato, era, simplemente, “Sans Culotte”.

El 8 de Ventoso del año II (finales de febrero de 1794) encontramos un caso un tanto ambiguo. Al parecer los padres del niño no querían entrar en el juego revolucionario y lo nombraron (según traduzco directamente del francés) Salvador Jacinto…

Sin embargo, debe tenerse en cuenta que, por un lado, uno de los más comprometidos extremistas de la revolución de 1789, Hébert, editor de “Le Père Duchesne”, el periódico que leía el bajo pueblo parisino, proclamaba, a menudo que Jesucristo (el Salvador), había sido el primer “sans culotte”. Por otra parte, el calendario revolucionario había suprimido los nombres de santos de cada uno de los días del mes, dedicando cada uno de los días a una flor, una planta, un animal, un mineral o una herramienta. Así, el día 9 del mes de Floreal (del 20 de abril al 19 de mayo) estaba dedicado, precisamente, al Jacinto…

Quizás esta denominación relativamente discreta fue un modo, por parte de los padres de Salvador Jacinto, de, como se suele decir, nadar entre ambas aguas, sin comprometerse con un bando o con el otro…

El 8 de Germinal del año II (finales de marzo de 1794), el nombre elegido era Jonquille (es decir, Junquillo) que era el elemento elegido para consagrar el día 8 de ese mes, que coincide con los días 21 de marzo a 19 de abril. Un bonito nombre, si se quiere ver así, ya que con el junquillo se hacía perfume o se trataba de combatir las famosas “miasmas pútridas”. El mal olor al que se achacaba, no sin razón, el origen de las temidas epidemias que arrasaban las pirámides de población de la Europa preindustrial.

Otros padres, no dudaban en ser más militantes. Ese es el caso de los de Philipinne Montagnarde (traducido Filipina Montañesa), que la bautizaban así el 26 de Fructidor del año II (mediados de septiembre de final de 1794 y comienzo de 1795), dejando claro, al menos con el segundo nombre de su hija, que estaban a favor de la Montaña. La facción más revolucionaria del Parlamento de París.

En el año III de la república francesa una e indivisible todavía hay algunos padres que, tal vez, aún creían en los valores revolucionarios más o menos moderados. Algo bastante digno de elogio en unos momentos en los que el Terror revolucionario llegaba a su punto más alto.

Ese parece haber sido el caso de los padres del niño nacido (o más bien bautizado o nombrado) el 23 de Germinal de ese año III (mediados de abril de 1795), al que se le puso el nombre de Franklin. En honor, evidentemente, a Benjamin Franklin. Uno de los primeros embajadores enviados a París por los revolucionarios norteamericanos de 1776 que inspirarían los comienzos de la revolución francesa de 1789…

Por supuesto, podríamos seguir durante hojas y más hojas hablando de esta curiosa revolución de los nombres pero, como suele ser habitual, una pequeña muestra ya suele ser bastante.

No cabe duda, desde luego, de que en Bayona, entre 1794 y 1795, prácticamente todos los nacidos, de mejor o peor gana, recibían nombres adecuadamente revolucionarios, que así también proclamaban la firme voluntad -incluso en el extremo Sur de la nueva República- de instaurar un nuevo régimen que acabase con lo que había existido hasta 1789.

Como lección de Historia sobre ese importante tema, creo que no es poca cosa.

 

 

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“La tricolor española ondea sobre Berlín”. Historia, Ucronía y un ciclo de conferencias
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Carlos Rilova | 22-01-2018 | 12:29| 0

Por Carlos Rilova Jericó

division-9Esta semana, este correo de la Historia vuelve sobre un tema en el que ya ha abundado alguna que otra vez. Es decir, el de las ucronías o historias contrafácticas. Un género cultivado, sobre todo, desde la Literatura, pero también desde prestigiosos nombres de la Historia profesional. Como sería el caso del profesor Niall Ferguson.

Todo esto, la Ucronía, la Historia contrafactual o alterna, tiene como denominador común la reflexión -con mayor o menor abundancia de Literatura- sobre esa pregunta que suele obsesionar al ser humano, tanto a nivel personal como colectivo: “¿qué hubiera pasado si…?”.

De eso, gracias -entre otros factores- al apoyo del IEEE de Madrid y a la hospitalidad de Kutxabank, vamos a hablar este jueves 25 en la planta cuarta del edificio Tabakalera de San Sebastián, a las siete de la tarde.

Lo harán socios de la Asociación de historiadores “Miguel de Aranburu” como el doctor Jorge Garris Mozota e invitados habituales de ella, como el especialista irundarra Fernando Insausti. Con esas conferencias daremos inicio a un esperado ciclo sobre la Guerra Civil, la Segunda Guerra Mundial y el Mundo posterior a ese conflicto que, al ritmo de una por mes (hasta el 28 de junio) tratarán de aspectos tan diversos como la Guerra Fría o la situación a la que nos enfrentamos hoy día, tras la caída de los regímenes soviéticos y la fragmentación del poder mundial entre varias potencias.

Pero el ciclo empezará así. Examinando qué fue la Segunda Guerra Mundial (el antecedente próximo de todo lo que nos afecta hoy día) y cómo podría haber evolucionado el Mundo si las cosas hubieran sido de modo distinto.

Personalmente, lo reconozco, a fecha de hoy, lunes 22 de enero de 2018, no sé con toda exactitud, el contenido de la intervención del doctor Jorge Garris, que tratará, precisamente, de eso. De qué hubiera pasado de ser otro el resultado de la Segunda Guerra Mundial.

Sólo sé que esas historias alternas sobre la Segunda Guerra Mundial y, sobre todo, acerca de su antecedente más cercano (la Guerra Civil española) son un tema aún poco -y mal- desarrollado en nuestro país y que, por lo tanto, merece la atención que le prestaremos el día 25 y hoy mismo.

Así, por ejemplo, en “Historia virtual”, la obra colectiva dirigida por el ya mencionado profesor Niall Ferguson, se revela un aspecto verdaderamente curioso de la mentalidad colectiva española actual, de eso que se ha llamado “la España de la Transición”. En la que, según parece, aún seguimos.

En efecto, el capítulo dedicado a imaginar qué hubiera pasado en la España de 1936 si las cosas hubieran sido distintas, es de una timidez extraordinaria. Como si su autor, el catedrático Santos Juliá, no se atreviera siquiera a imaginar una derrota del Ejército sublevado, prefiriendo dejar las cosas en un “¿qué hubiera pasado si…?”, en este caso no hubiera habido sublevación militar el 18 de julio de 1936.

Otro tanto ocurre en la “Historia virtual de España (1870-2004)”, dirigida por el profesor Nigel Townson. Ni él ni, otra vez, Santos Juliá, se atreven a imaginar en sus respectivos capítulos una España con una Guerra Civil ganada por el gobierno legítimo de 1936. Algo que, indudablemente, hubiera llevado a ese país, de cabeza, a la Segunda Guerra Mundial en el bando aliado y, finalmente, vencedor en 1945.

En la Literatura específicamente ucrónica elaborada en España sobre ese tema, los resultados son, cuando menos, peregrinos, quedando siempre el gobierno de 1936 en esas novelas o relatos como el gran perdedor ¡Incluso ganando la guerra a los sublevados!…

Todo eso, síntoma de una Historiografía deficitaria al servicio de una sociedad aún traumatizada por la Guerra Civil que estallo hace 81 años, quizás, hace necesario que, como invitación a acudir al ciclo que inauguramos este día 25 en Tabakalera, plantee en este nuevo correo de la Historia una propuesta audaz que ya he perpetrado tanto como autor -en un anterior correo de la Historia- como a título de editor independiente con “La Tercera República”. Acaso la única ucronía española en la que la República vence en 1939 y no por ello se desencadena ninguna catástrofe para España. Como la imposición de una dictadura prosoviética o el lanzamiento sobre Burgos de la primera bomba atómica.

Así pues, como parte de esa invitación al ciclo que iniciamos este jueves en Tabakalera, me adentraré, a partir de aquí, en el terreno de la Historia y la Literatura contrafactual sobre la Guerra Civil y la participación española en la Segunda Guerra Mundial. Abordándola desde unos parámetros en los que, de momento, obras como “La Tercera República”, la página de historias alternas de la Wikipedia o relatos de Historia contrafáctica como el que acompaña a este artículo, son tan sólo una inquietante excepción…

“Extractos del libro Del Día-D a las afueras de Berlín. El Séptimo Ejército español en la II Guerra Mundial, del profesor Carlos Nicolás Citadin. (Edición de la obra original en español por la Harvard University Press. Cambridge (Mass.), 2016).

Capítulo 12. “Era un mar de escombros.

Para el inicio de este capítulo tomo una frase recogida del libro de memorias del capitán Ángel Domínguez, que fue publicado en 1965 -en el 20º aniversario de la toma del Berlín nazi- por las Prensas Universitarias Españolas en Madrid. Se trata -como sabrán quienes hayan leído ese documento- del relato de un militar profesional. Un veterano de la Segunda Guerra de Independencia española, con mucha Escuela de Guerra detrás y con unos conocimientos de Historia ávidos, enciclopédicos. A pesar de haber dedicado la mayor parte de su vida tan sólo al ejercicio de su profesión militar.

Esto hace a Domínguez un testigo de excepción de los acontecimientos ocurridos en Berlín a finales del invierno de 1945. El capitán Domínguez, autor de algunas pequeñas obras sobre las guerras napoleónicas y sobre la Segunda Guerra de Independencia española (la, a veces, designada más popularmente como “la del 36” o “Guerra Civil española”) es perfectamente consciente del momento histórico que está viviendo en esos momentos. Como historiador, como protagonista y como testigo de los hechos.

Su descripción del Berlín de 1945 es somera, pero exacta. La capital del Tercer Reich en los momentos en los que es alcanzada por las vanguardias del Séptimo Ejército español -del que Domínguez forma parte con la brigada mixta “Gaspar de Jauregui”- es, en efecto, un inmenso mar de escombros.

El capitán es consciente, también, de que el Ejército español ha recibido un honor nada común: el de formar parte de la vanguardia aliada que, convergiendo con las líneas del Ejército soviético que avanzan desde el Nordeste sobre Berlín, cerraría la tenaza sobre la capital de Hitler. Poniendo así fin a la Segunda Guerra Mundial en Europa.

En efecto, las tropas españolas fueron autorizadas, en esas semanas del fin del invierno de 1945, a poner en marcha la “Operación Mendizabal” sólo de manera excepcional y después de tensas discusiones entre el Alto Mando aliado acerca de cómo repartir los honores del último golpe contra el régimen nazi. Quienes hayan leído los trabajos de Antony Beevor sobre este período, ya sabrán de los celos de prima donna que el mariscal Montgomery proyectaba sobre el resto de generales aliados.

“Monty”, por razones distintas, estaba especialmente celoso de Patton y del general Vicente Rojo. Del primero tanto por su genio estratégico como por lo opuesto de sus respectivos caracteres. Del segundo no tanto por cuestiones de carácter (dada la amabilidad y bonhomía características de Rojo), como por el hecho de que el general español hubiera sido el primero en derrotar a las tropas nazis y fascistas sobre el campo de batalla, durante la exitosa ofensiva del Ebro y la Campaña Vasca en el verano de 1938. Eso, precisamente, es lo que llevó a Eisenhower (persuadido por Bradley) a conceder a los españoles -al menos a su Séptimo Ejército- el honor de ser las primeras -y únicas- tropas de los aliados occidentales que tomasen el sector Oeste de Berlín. Estableciendo la primera línea de demarcación frente a los soviéticos, de la que luego surgiría el tristemente famoso (y hoy derruido) “Muro de Berlín”.

A partir de ahí, el capitán Ángel Domínguez y los demás hombres de la vanguardia del Séptimo Ejército, se enfrentan a escenas dantescas. Berlín apenas tiene ya calles. Los bombardeos de aniquilación y represalia ejercidos por la RAF, la USAAF y la FARE, han arrasado todo Berlín. Si algo ha quedado en pie, ha sido borrado -días, horas, antes de que los españoles entren en la ciudad- por la Artillería de campaña soviética, que ha piloneado la capital nazi desde el Este, a medida que avanza sobre ella. Entre ese mar de escombros, los vehículos de la brigada de Domínguez, deben abrirse paso en combates callejeros que, como dice el capitán, le “Recuerdan a una especie de Sitios de Zaragoza a la inversa”.

Ante él, desde luego, no están los patriotas españoles de 1808, sino los últimos fanáticos nazis. Las Juventudes hitlerianas y los SS, acompañados de la cochambrosa Volkssturm (compuesta de carne de cañón integrada por mutilados y hombres de edad demasiado precoz o avanzada para ser movilizados) y por integrantes de la mermada Legión Azul española, formada por un proscrito Francisco Franco que -sólo in extremis- había conseguido en 1938 escapar de la derrota y un previsible fusilamiento gracias a la “Operación Dynamo”. Organizada en marzo de 1939 por la Kriegsmarine nazi para evacuar, por los puertos de Bilbao y Pasajes, a los restos del ejército sublevado contra el gobierno español en 1936. Algo, ese encuentro con el viejo enemigo, que abre viejas heridas entre las filas del Séptimo Ejército español, trayendo ecos de la “guerra del 36”…

El capitán Domínguez y otras fuentes no ocultan las ejecuciones sumarias que algunos hombres del Séptimo Ejército ejercerán sobre los miembros de la Legión Azul. A pesar de que se han rendido… No podemos ignorar, sin embargo, que el mismo Domínguez y muchos otros oficiales españoles paralizarán en seco esos desmanes.

Especialmente elocuentes son las palabras del propio Domínguez, que tendrá que apuntar su carabina M-1 -aún humeante tras el combate frente a un grupo de SS, piso a piso, en una casa de Unter den Linden- contra uno de sus propios hombres que estaba a punto de matar a un jefe de escuadra de la Falange española capturado en el último piso de esa casa con la munición agotada: “le dije al cabo, lo recuerdo muy bien, aunque como en un sueño: “quieto o te abraso. Nosotros no somos como esta gentuza ¿Qué buscas? ¿Otro Paracuellos?”.

A partir de ahí, las memorias del capitán Domínguez se adentran en el terreno de la Épica, al recordar los últimos combates en torno a las escalinatas de la Cancillería del Reich. Con los hombres del Séptimo Ejército parapetados tras sus vehículos blindados, agotando cargador tras cargador de la munición de sus M-1 americanas contra las filas de uniformes negros de los SS que defendían ese último reducto y cargarán a la desesperada contra los blindados y semiorugas españoles entonando el Horst Wessel Lied. Todo ello en un esfuerzo tan inútil como estúpidamente melodramático (muy en la línea habitual del Tercer Reich) por romper una formación que ya les superaba en una proporción de cinco a uno.

Más adelante, como ya sabemos por otras fuentes, esa épica se mezclará con la más simple Política. Cuando Manuel Azaña y el presidente Juan Negrín acudan a Berlín para celebrar los preliminares de la fundación de la ONU -organizando, in situ, la futura Conferencia de Madrid- y remeden, ante una nube de fotógrafos oficiales de todo el Mundo, el momento en el que el capitán Ángel Domínguez y un grupo de cinco hombres tomaron la azotea de la Cancillería y alzaron sobre ella la bandera tricolor española en un acto cargado de un enorme simbolismo. Uno que, todavía hoy, más de sesenta años después, es todo un icono de la Historia de la Segunda Guerra Mundial y del comienzo de la Guerra Fría. Pues, como no pasó en absoluto desapercibido, en el acto estaban Eisenhower y Churchill, pero ningún delegado soviético, dejando así claro el disgusto de la URSS por la evolución política española a partir de 1938 (…)”.

 

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