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No me gustan los moralistas

 

Y no digo que toda conducta sea relativa y que no se pueda definir el bien y el mal, sino que no se pueden dar opiniones sobre el comportamiento de los demás sin conocer lo que ocurre y cómo esas personas se sienten.

He oído a quien decía: “Yo hago las cosas como hay que hacerlas, y no como lo digo yo, sino como lo hace todo el mundo”. ¡Ay, que rigidez de mente!

Por supuesto que existe el bien y el mal, pero estos no se pueden definir por unos criterios estándares “de libro”. Está claro que no se pueden permitir conductas delictivas (robar, matar), pero si hablamos de la vida cotidiana y diaria, la cosa se complica.

El ser moralista está estrechamente ligado a la actitud de juzgar que tanto nos gusta a las personas. Considerar que podemos juzgar los comportamientos de los demás porque tenemos muy claro lo que está bien hecho y lo que no, lo que corresponde a una persona “de bien” y lo que es de alguien “desviado”.

Que hay parejas que siguen legalmente casadas aunque cada una hace su vida incluso, sentimentalmente, con otras personas. Que hay padres que no se llevan bien con sus hijos, a pesar de que prima la opinión de que “un hijo es lo primero”, Que hay hermanos que no se dirigen la palabra aunque se llamen cuando se siente más la soledad, como en Navidad. ¿Qué podemos opinar?

Yo opino poco, más allá de decir que determinadas situaciones son difíciles de llevar o duras de vivir. Tengo que conocer qué le ha llevado a esa persona a actuar como lo hizo, cómo se sintió y si actuó por despecho o por decisión propia. Casi nada.

Pero volvamos a los moralistas. Más les valdría ocuparse de su propia vida que de erigirse en jueces y consejeros de la vida de los demás. Porque cada uno debe encontrar por sí mismo su camino en la vida para que te vengan los demás a decirte cómo tienes que vivir sin tener ni idea de lo que está en juego.

Una persona debe atender a lo que necesita y le hace sentirse más ella misma, aunque la decisión tomada sea dura y dolorosa. Todos estamos en el camino -unos más que otros- de encontrarnos a nosotros mismos con la mayor consciencia posible y ahí, poco pueden juzgar los demás.

Así que seamos protagonistas de nuestra vida y no dejemos que el miedo, la obligación o la culpa, nos aparten de nuestro camino.

 

Caminamos…Belén Casado Mendiluce

belencasadomendiluce@gmail.com

www.psicologiapersonalizante.com

 

 

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Cuanto más piensas menos ves

 

Yo misma, en ocasiones, también tengo que dejar de reflexionar sobre las cosas, dejar de analizarlas, de preguntarme el “por qué”, para poder ver con claridad lo que, simplemente, es.

Porque la realidad, lo que es, está ante nuestros ojos. No lo que me gustaría, lo que “debería ser”, sino lo que se muestra tal y como es. Esa realidad es la que, muchas veces, nos cuesta aceptar, y esa actitud de no aceptación es la que nos provoca sufrimiento.

Así que , en vez de decirte mentalmente, “no puede ser lo que me está pasando”, “es una injusticia lo que estoy viviendo”, en vez de rebelarte por lo que vives, emplea tus energías en querer ver las cosas tal y como son; aunque sea duro, sufrirás mucho menos que si te rebelas contra ello.

Cuanto más le das vueltas a las cosas en tu cabeza, más se acrecienta tu malestar interior. Pensando mucho en ello, crees que te darás cuenta de algo que se te había escapado, o que pueda ser importante para ti. Pero ocurre todo lo contrario, que tu mente se colapsa y ya ni siquiera tienes la capacidad de ver lo que tienes delante de tus ojos.

Así que intenta no pensar, por lo menos no conscientemente. Y cuando te vengan los pensamientos a la cabeza de manera automática, ten la actitud del “espectador de cine” que observa pasar la película delante de sus ojos; tal como vienen las imágenes, se van.

La realidad siempre es, por muy dura que sea, mucho menos dolorosa que lo que imagina o fabrica tu mente. No te resistas, no te rebeles, y dedica tus energías a asimilar lo que tienes delante. Puedes quejarte, llorar si te hace falta, pero que tu actitud sea la de quien quiere ver con los ojos abiertos.

Para ver la realidad tal como es no te hace falta hacer análisis, buscar las causas de lo que te ha pasado. Todo se te mostrará tal y como es a su debido tiempo, cuando tú estés preparado para verlo. Cuando eso ocurra, proyectarás tu luz sobre lo que mires, y todo quedará iluminado con la luz de tu consciencia. Es así de sencillo.

 

Caminamos…Belén Casado Mendiluce

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Sostenerse a uno mismo

 

En la vida se te pueden presentar situaciones, que de lo duras que resultan, parece como si el mundo se hundiera bajo tus pies. Pero, conforme vas viviendo -y sufriendo- lo que surge, descubres que tienes una fuerza dentro de ti que te sostiene. Esa fuerza siempre ha estado ahí presente.

Para sostenerse a uno mismo, uno debe tener los pies bien apoyados en el suelo. Estar bien anclado en la realidad, mirar de frente tu situación de vida actual y no utilizar los pies para salir corriendo sino para parar…y mirar.

Eso no significa que no puedas contar con alguna persona que te apoye, pero en esas circunstancias, cuando sientes que te falta el aire para respirar, todo apoyo externo lo puedes vivir como insuficiente. Sientes como si no pudieras sostenerte a ti mismo y una oscura noche se cierne sobre ti.

Hay que vivirlo. Tienes que sentir tu propia fragilidad, sentir tu cuerpo temblar de miedo, atreverte a ver que aquello que creías que era un pilar de tu existencia -tus hijos, tu pareja, tu familia- se desmoronan sin remedio.

Es necesario pasar por esa etapa de absoluto desconcierto y sufrimiento. Porque, entonces, cuando no te rebelas contra lo que es, cuando no luchas para quitarte de encima tanto dolor, sino que lo sientes y lo expresas, entonces, estás abriendo un camino interior para sentir una fuerza de apoyo y consuelo hacia ti misma.

Y esa fuerza que te sostiene está dentro de ti, siempre ha estado, sólo que, en ocasiones, buscabas más el consuelo fuera que en tu interior. Pero cuando “los bastones” en los que te apoyabas se caen, no te queda más remedio que mirar dentro de ti. Mejor que así sea, aunque duela.

Sostenerse a uno mismo es dejar que vayas asimilando lo que te ocurre, poco a poco, a tu ritmo. Nadie puede encajar el sufrimiento de golpe. Es escuchar lo que tu cuerpo necesita: ahora llorar, luego enfadarte, simplemente, dormir. Sostenerte es no luchar contra la realidad que se te presenta de frente. Es no pensar mucho para ver mejor.

Y entonces, poco a poco, va surgiendo una alegría y una paz interior, que no es fruto de que las circunstancias te sean favorables, no es el caso. Aunque nada haya cambiado, experimentas un nuevo renacer, porque tu lección de vida es que has aprendido a…no aferrarte a nada.

 

Caminamos…Belén Casado Mendiluce

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Y tú, ¿qué quieres?

 

De cara a los nuevos propósitos que nos solemos hacer a comienzo de año, hoy quiero compartir con vosotros un cuento que leí del libro: “Viaje al ahora” de Leonard Jacobson. Sin duda, una lectura recomendable para todos.

 

Estaba Dios un día sentado tranquilamente, y dando a muchas personas la oportunidad de que se le acercaran. El primero fue un hombre de veintitantos años.

“Tú qué quieres?”, preguntó Dios.

“No lo sé”, respondió el hombre.

“Pues no puedo darte lo que deseas”, dijo Dios. “Regresa cuando lo sepas”.

La segunda persona en acercarse a Dios fue una mujer con algo más de treinta años.

“¿Qué quieres?”, preguntó Dios.

“Quiero ser amada, pero no me siento digna de recibir amor”.

“No puedo darte algo que no sientas que mereces”, dijo Dios. “Primero cura tus heridas, y cuando sepas que eres digna de amor, pondré amor en tu vida”.

El siguiente era un hombre de cuarenta.

“¿Tú qué quieres?”, preguntó Dios.

“Quiero encontrar una casa en el campo donde pasar una vida tranquila y pacífica”, dijo el hombre. “Pero, al mismo tiempo, quiero mantener la excitación de vivir en la ciudad”.

“No puedo darte lo que deseas si estás en conflicto”, dijo Dios. “Toma una verdadera decisión sobre dónde quieres vivir. Sólo entonces te puedo dar lo que quieres”.

La siguiente era una mujer de cincuenta años.

“¿Qué quieres?”, preguntó Dios.

“Quiero fama, dinero y éxito” , dijo la mujer. “Quiero ser fabulosamente rica”.

“Te traeré lo que deseas”, dijo Dios. “Pero sólo para enseñarte que no te llenará”.

El siguiente era un hombre de más de sesenta.

“¿Qué quieres?”, preguntó Dios.

“No quiero nada”, dijo el hombre, “porque veo que ya lo tengo todo”

“Está bien”, dijo Dios. “A ti se te dará aún más”

 

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Todo aquello que soy

No me gustan mucho las etiquetas sobre mí misma, quizás porque no quiero encasillarme en nada que me obligue a seguir un camino marcado sin yo quererlo.

Pero me gusta la introspección, bucear en mis sentimientos, simplemente, para encontrar sentido y significado a lo que siento. Lo que siento ha sido mucho más guía en mi vida que los múltiples pensamientos que pasan por mi cabeza.

Sé que tengo cualidades como persona de las que procuro no envanecerme pero tampoco olvidarme de ellas. Si alguien me ataca, tengo que recordarme que puedo haber cometido un fallo, pero que nadie mejor que yo sabe cómo soy. Si alguien me acusa de no ser cariñosa, por ejemplo, afirmo que valoro mucho manifestar el cariño a través del contacto físico, aunque en algún momento puntual no lo haya hecho.

Valoro el conocerme a mí misma porque es una manera fundamental de quererse a uno mismo. ¿Cómo voy a quererme, a tratarme con cariño, si ni siquiera sé cómo soy? Procuro estar cerca de mí misma, con tiempo para pararme, para saber de mis alegrías y de mis penas, aunque no tenga respuestas inmediatas a lo que siento.

Hay quien todavía me dice: “¿cómo siendo psicóloga, estás en semejante atolladero?” Y yo me sonrío porque me parece que esa persona entiende poco de los caminos interiores. Soy psicóloga por vocación, es verdad, pero ante todo soy persona. Así que la psicología está muy arraigada en mí, pero tengo que encontrar en la vida las respuestas por mí misma, y eso sólo se hace viviendo, experimentando por uno mismo, no siendo el mejor psicólogo académico.

Muchas veces, incluso durante el día, me pregunto por el sentido de mi vida o me cuestiono el miedo a la muerte. Muchas veces, los grandes interrogantes que me asaltan no son una mera elucubración mental, sino un deseo de afianzarme en esta vida con las dos piernas bien apoyadas en el suelo, para vivir con consciencia, que es lo que quiero.

Ese es mi sentido, vivir con consciencia. Y reconocer con humildad, que hago lo que puedo, cuando las debilidades y fallos de uno mismo son, simplemente, una oportunidad para darse un abrazo cariñoso y decirse: “Aquí me tienes contigo”.

 

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Todos somos nerviosos en lo que nos toca

 

Hay personas que te dicen abiertamente que ellas son tranquilas y que no se alteran con facilidad, pero luego ante lo que les preocupa e inquieta pierden los nervios. Todos tenemos nuestro punto débil ante el que nos alteramos.

Lo importante es conocerse a uno mismo para no pretender dar imágenes de nosotros mismos que no se corresponden con la realidad. Ya sé que todos podemos querer caer bien a los demás cuando nos empiezan a conocer, pero dar imágenes falsas de nosotros mismos no se sostiene por mucho tiempo.

Y por mi experiencia, cuando alguien me dice: “Yo tengo buen carácter y es fácil convivir conmigo”, me digo: “Otro que tiene reprimida la agresividad y que se pondrá como un león enjaulado cuando se altere” Y así lo he corroborado, en verdad.

Todos tenemos derecho a enfadarnos cuando algo nos toca, y es normal y sano que así sea, porque la agresividad es una energía que está a nuestro favor, no en nuestra contra. La agresividad nos sirve para defendernos y hacer valer lo que es importante para nosotros. Otra cosa es la ira que acaba por desestabilizarnos a nosotros y a los demás.

Es mejor no ir poniéndonos etiquetas que nos definan porque luego esas mismas etiquetas…suelen saltar por los aires: “Yo soy tranquilo, no tengo miedos, no me agobio con los problemas, soy una persona resolutiva, que busca solucionar los problemas…”

He oído a alguna persona que decía: “Yo no tengo ningún miedo a los hospitales”, y luego te das cuenta de que, afortunadamente, esa persona no había tenido problemas físicos que le obligaran a pasar por un hospital.Ya veríamos si decía lo mismo cuando tuviera que ingresar por fuerza mayor.

Y esas mismas personas que hablan con esa rotundidad, se sorprenden si se ven a sí mismas perder los nervios cuando algo no lo saben resolver en el trabajo, se sorprenden si se les dispara el miedo cuando ven sus ingresos mensuales disminuir o si se agobian cuando surgen problemas que les molesta afrontar.

Todos somos nerviosos en lo que nos toca, porque siempre tenemos áreas de nuestra personalidad que no están suficientemente trabajadas, a las que no hemos llevado la luz de nuestra consciencia y que, por tanto, siguen estando en la sombra. Y cuando las tocamos, nos alteramos sin remedio.

Así que mejor no ponernos etiquetas para construir una buena imagen de nosotros mismos de cara a los demás. Mejor ser consciente de lo que nos toca para sacar de la sombra nuestros puntos ciegos y alumbrarlos con la luz de nuestra consciencia.

 

Caminamos…Belén Casado Mendiluce

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Sobre el autor Belén Casado Mendiluce
Soy Licenciada en Psicología y desarrollo mi trabajo en una consulta privada. Mi vocación desde joven ha sido la psicología, y a través de ella he buscado comprender a los demás y a mí misma. Desde ese trabajo interior, intento que lo que transmito sea un reflejo de aquello en lo que creo y que me sirve a mi. Me siento siempre en búsqueda, abierta a aprender de todo aquello que me haga crecer como persona. Y creo que lo que se vive como vocación no es sólo patrimonio mío sino que puede servir a los demás.

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